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sábado, 15 de agosto de 2026

Una heroína en un refugio. Crónicas de la revista Letras de Parnaso


 

Una heroína en un refugio

Por: Ernesto Marrero Ramírez

 

Hay sucesos que tienen el peso aplastante de la tierra en movimiento. Cuando el doble terremoto de junio de 2026 sacudió las entrañas de La Guaira, no solo derrumbó estructuras de concreto, derrumbó vidas que se desmoronaron en una nube de polvo gris.

En medio de esta fatalidad, una mujer lo perdió todo en cuestión de segundos: su hogar, el refugio seguro de sus recuerdos, y a la médica de cabecera que la acompañaba, paso a paso, en su compleja batalla contra el cáncer. El impacto inicial fue un negro abismo. Ser golpeada por la pared de una doble pérdida sumió su espíritu en un estupor amargo. 

Se dice que la depresión no es más que el peso de un presente que se niega a ser aceptado, y en su caso fue así. Durante días, bajo la sombra ahogante de un refugio instalado en el Centro Comunitario de Catia la Mar, el peso de una enfermedad que azotaba su organismo y el vivo recuerdo de la tierra sacudiéndose bajo sus pies, mientras su vivienda se desmoronaba, creaban un horizonte opaco donde el sol había dejado de brillar. ¿Cómo sostener la propia vida cuando el cuerpo flaquea y el entorno ha dejado de existir?

​Sin embargo, el alma humana posee resortes misteriosos que no responden a la lógica de la ruina. Entre el correteo inquieto de los niños y la incertidumbre del hacinamiento, un murmullo interno comenzó a sobreponerse al dolor. Era el llamado irrenunciable de su vocación docente. Al mirar a la infancia descalza que vagaba entre los pasillos del albergue, comprendió que el miedo no podía tener la última palabra. Si el terremoto les había arrebatado el aula tradicional, ella reconstruiría el templo del saber con lo único que le quedaba: su dignidad y su conocimiento.

​Así nació la escuelita Urimare, bautizada en honor a la resistencia indígena del litoral. En el corazón de una sencilla carpa de lona, donde la brisa marina apenas aliviaba el sofocante calor, improvisó un espacio de moral y luces. Con apenas un par de cuadernos rescatados, lápices compartidos y una voluntad inquebrantable, convirtió aquel refugio en un oasis de aprendizaje y esperanza.

​Día tras día, entre trazos y lecturas en voz alta, devolvió a los niños la estructura que la catástrofe les había robado. Mientras les enseñaba a sumar, restar y articular las letras, su propia enfermedad parecía perder terreno frente al propósito vital que la sostenía. Enseñar se volvió su mejor terapia, la prueba viva de que el sentido de la existencia no se destruye con una catástrofe natural.

​Urimare no solo fue una carpa de alfabetización en Catia la Mar, fue un testimonio de que la vocación y la buena voluntad, cuando son auténticas, son capaces de florecer sobre la adversidad más profunda y transformar el dolor de una desgracia en un legado imperecedero.

 

Ernesto Marrero

Corresponsal de la revista Letras de Parnaso en Venezuela

 

 



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