Frases del escritor

Filosofía clásica y existencial en torno a la Literatura... Un camino de reflexiones y letras para encontrarnos.
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martes, 13 de octubre de 2026

Concepción Platónica del alma



Concepción Platónica del alma

y su relación con el pensamiento oriental


            En su apasionante y trascendente obra literaria el Fedón, Platón nos narra la conversación que sostuvo Sócrates en la prisión con sus discípulos los días que precedieron a su ejecución, acerca de la inmortalidad del alma y el significado de la vida para un filósofo.

En el presente relato resulta difícil distinguir cuando es Platón quien está hablando o si es realmente Sócrates, pero para el presente artículo trataremos de analizarlo como el aporte platónico hacia una nueva concepción del alma. A la vez mostraremos la correlación que existe, en muchos casos, con la filosofía oriental.

            La idea de que existe una psique (psyché), o alma, era apreciada dentro de la antigua cultura griega como un Principio Vital; es decir, una especie de potencia o capacidad que da vida a los seres, la cual terminaría desvaneciéndose finalmente en el Hades como una tenue sombra que se desdibuja en la lejanía. Pero Platón le da una concepción distinta a ésta. Indica que es inmortal, transmigra de unos cuerpos a otros; es decir, que incorpora el principio de la reencarnación y es el verdadero aposento en que irradia la fuente del conocimiento. Esta idea pudiera provenir de fuentes pitagóricas que, a su vez, pudo tener influencia del Orfismo aunque también se debe resaltar que en los países orientales ya se manejaban estos conceptos con naturalidad. El famoso libro de los yoghis El Bhagavad Guita, dice al respecto:
            El espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y del que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere[1].
Y más adelante nos advierte: Al igual que un hombre se quita un vestido viejo y se pone otro nuevo, el Espíritu abandona su cuerpo mortal para tomar otro nuevo[2].
            Esta argumentación resulta de interés para un estudio filosófico teórico, pero en el caso de Sócrates llama la atención otro factor importante para estudiar y es la forma de llevar a la práctica lo que en vida predicaba. Dicho ejemplo lo sugirió también Confucio en una oportunidad: El más elevado tipo de hombre es el que obra antes de hablar y práctica lo que profesa. Sócrates comienza a destacar que el verdadero filósofo debe practicar lo que enseña, actuar de acuerdo con la virtud y además afrontar a la muerte con valentía, ya que a este tipo de individuo les esperaría una vida mejor junto a los dioses el día de su partida del mundo material. Así le comunicó a sus amigos Simmias y Cebes (principales interlocutores del Fedón):
[…]De modo que por eso no me irrito en tal manera, sino que estoy bien esperanzado de que hay algo para los muertos y que es, como se dice desde antiguo, mucho mejor para los buenos que para los malos[3].
             
Y luego le dijo a Simmias: […]Me resulta lógico que un hombre que de verdad ha dedicado su vida a la filosofía, en trance de morir, tenga valor y esté bien esperanzado de que allá va a obtener los mayores bienes, una vez que muera[4].
           
            En el Fedón se logra alcanzar una separación radical entre cuerpo y alma. Se le da una imagen al cuerpo de cárcel y, posterior a la muerte, el alma quedará liberada de estas ataduras que no dejan que podamos percibir la realidad de las cosas, ya que los sentidos nos causan un estorbo constante y no permiten que el alma pueda concebir totalmente la verdad. Sobre este punto resulta importante comparar lo que dice El Bhagavad Guita: La impetuosa voluptuosidad de los sentidos arrastra la mente hacia las cosas externas, perturbando así a los hombres sabios, buscadores de la perfección[5].


            El aprisionamiento del alma, explica Sócrates, se debe al deseo, de tal modo que el propio encadenado puede ser colaborador de su estar aprisionado. Los antiguos Upanishads también nos explican que la mente impura está determinada por los deseos, en cambio la pura carece de ellos. El Baghavad Guita nos indica también: Cuando un hombre se libera de todos los deseos que anidaban en su corazón, y por la gracia de Dios encuentra la dicha divina, entonces su alma descansa en paz[6]. Mircea Eliade lo explica claramente en su libro Yoga, Inmortalidad y Libertad: Los deseos no son eternos; luego, no pertenecen al espíritu. El espíritu es eternamente libre[7]. El budismo también nos trasmite esta idea: El dolor es inherente a la ek-sistencia, esto es, al deseo de ser, a la sed en cualquiera de sus formas[8]. Para el pensamiento budista, el deseo es el origen de dukkha (el sufrimiento).

            En el Fedro, Platón nos habla, a través de Sócrates, sobre la inmortalidad y cómo el alma puede parecerse a un auriga que maneja dos caballos, uno bueno y hermoso y el otro todo lo contrario. No así el de los dioses que posee aurigas buenos y de buena casta[9]. En los Upanishads, en su Tercer Valli, también nos hablan de la imagen del auriga y los caballos, de la siguiente manera:

“3.Conoce el Ser que se sienta en el carro: Su cuerpo es el carro, el intelecto el auriga y la mente las riendas.
4. Los sentidos son los caballos y los objetos de los sentidos los caminos que aquellos toman. Cuando aquel (el Ser Supremo) está en perfecta unión con el cuerpo, los sentidos y la mente, los sabios llaman a ese estado la dicha suprema.”[10]

            Platón utiliza el argumento de compensación de los contrarios que se basa en una antigua concepción griega, incluso anterior al mismo Heráclito, quien le otorgó una visión dialéctica, en la que la tensión entre los elementos opuestos se unifican a niveles superiores[11]. Según ésta, los contrarios proceden unos de otros; para que haya vida tiene que existir muerte y para que haya muerte tiene que haber vida, lo mismo se expone con el sueño y la vigilia. Entonces los vivos proceden de los muertos, de la misma forma que éstos proceden de aquéllos.
[…] Por ejemplo la belleza es lo contrario a la fealdad y lo justo de lo injusto, y a otras innumerables les sucede lo mismo. Examinemos, pues, lo siguiente: si necesariamente todos los seres que tienen un contrario no se originan nunca de ningún otro lugar sino de su mismo contrario, por ejemplo, cuando se origina algo mayor, ¿es necesario, sin duda, que nazca de algo que era antes menor y luego se hace mayor?[12]
Aquí es interesante señalar que una concepción similar se venía manejando en la China con el Yin Yang, que fue popularizado en el Taoismo con Lao Tsé, y también manejado en el Confucianismo; aquí el universo es un producto que emerge de la unidad primordial, y todo cuanto está en él contiene a la polaridad como dinámica esencial de su existencia: positivo y negativo, oscuro y luminoso, femenino y masculino.
La postura platónica referente a la reminiscencia nos conlleva a pensar que hemos tenido que aprender en un tiempo anterior, o en una vida precedente, aquello de lo que nos recordamos ahora. Antes de nacer, el alma conoció la Igualdad, la Belleza, la Justicia, la Bondad y todo lo que le resta a nuestra existencia. Y partiendo de que existen las ideas y que el conocimiento es recuerdo de éstas, entonces nuestras almas existían ya antes de tener forma humana y tenían la capacidad de pensar.
En cuanto a la percepción alma-cuerpo se observa una postura dualista, Platón hace una clara diferenciación entre la entidad espiritual y la envoltura carnal: lo material, correspondiente al cuerpo, es mortal, sensible, compuesto, soluble y nunca inmutable; y lo inmaterial, que corresponde al alma, posee una naturaleza muy semejante a lo divino, inmortal, inteligible, simple, indisoluble y siempre invariable. Por lo tanto, se trata de una concepción dicotómica, entre el alma y el cuerpo que se hallan vinculados temporalmente.
También se percibe un trasfondo ético y moral en el que el desarrollo de la virtud en el individuo le llevará a un nivel de vida superior o inferior en el más allá. El alma de los hombres virtuosos, después de desencarnar, se dirigirá a un lugar divino, inmortal y lleno de sabiduría donde vivirá feliz y libre de todo error, lejos de ignorancias y terrores, pero si no se aleja del cuerpo, manchado e impuro, y se aferra únicamente a los goces materiales, a la comida, la bebida y los placeres del amor, no tendrá la misma suerte.
Se puede percibir cómo la concepción platónica del alma contiene una profunda influencia de los Pitagóricos, quienes a su vez manejaban conceptos provenientes del Orfismo, un movimiento o corriente religiosa relacionada con Orfeo, el maestro de los encantos, y que en la antigua Grecia fue considerada una especie de secta, y colocaron así en tela de juicio a la religión imperante de los griegos. Dicha corriente concebía un cuerpo con un alma indestructible que sobrevivía al proceso de la muerte y recibía premios o castigos, según su comportamiento en vida; por esta razón el iniciado tenía la obligación de mantenerse puro para su salvación. El cuerpo era considerado simplemente una vestimenta, una prisión o incluso una tumba para el alma. Los seguidores de Orfeo tomaban el viaje que él realizó al Hades en búsqueda de su amada Eurídice y el posterior desmembramiento del que fue víctima por las Ménades, adoradoras del dios Dionisio, como una simbología del camino iniciático del alma hacia la liberación de la pesada materia que los recubría.
            Pero de Pitágoras se tienen muchas teorías acerca del origen de sus conocimientos; es probable que haya realizado viajes a Egipto, Babilonia y la India, donde había entrado en contacto con los conocimientos matemáticos, religiones y costumbres de esas regiones, lo cual llevaría a fortalecer su doctrina y, desde luego, a su escuela. Existen evidencias de que en otras culturas también se conocía el teorema matemático de Pitágoras; por ejemplo, los hindúes claramente enuncian una regla equivalente a este teorema; en el documento Sulva (Sutra, que data del siglo VII a. C.) los babilonios aplicaban el teorema 2.000 años antes de Cristo, pero se desconoce de la existencia de una demostración. A su vez, los egipcios conocían el triángulo y la aplicación de éste para sus construcciones. Debemos recordar que Pitágoras fue contemporáneo con Buda, en la India, con Lao Tsé y Confucio, en la China; de la misma forma se piensa que al haber visitado estos lugares se impregnó del Zoroastrismo y del Hinduismo.       
             Por todo lo antes expuesto, puede observarse la similitud de la filosofía platónica expresada en el Fedón con muchos conceptos de la filosofía oriental en cuanto a la concepción del alma inmortal, la cual sobrevive a la muerte para ir a un lugar de beneplácito en el caso de haber sido en vida una persona de buenos principios morales, además de no haberse dejado llevar en extremo por los placeres de la carne y el deseo, que sólo atan más el alma al cuerpo e impiden que ésta pueda evolucionar.
            En la actualidad, con el proceso de globalización mundial, la filosofía oriental se ha diseminado por el mundo y el yoga mantiene una actualidad latente con la difusión que ejerció el Swami Vivekananda y el siempre recordado Paramajansa Yogananda, al traer de la India para América este legado milenario; similar aceptación poseen las corrientes Taoístas y Confucionistas, así como sucede con el budismo y en especial el Tibetano que fue expandido por el mundo después que la China invadió al Tíbet, en tiempos de Mao, y esto obligó a muchos monjes a escapar hacia diversos países occidentales y propagar sus conocimientos espirituales.
            Visto el presente análisis, pudiéramos aseverar que la visión Platónica del Fedón se muestra impregnada de este tipo de pensamientos orientales; también diríamos que en la actualidad esta filosofía se halla en total vigencia en cuanto a la concepción del alma, y que por ende puede brindar un aporte esencial en el proceso de cambio de conciencia que se está gestando de alguna manera dentro de nuestra sociedad que se encuentra en desmoronamiento por causa del materialismo excesivo que, aparte de contaminar y destruir al planeta progresivamente, crea más egoísmo, orgullo, ambición y falta de comunicación interpersonal; es decir, que esta transformación personal a través del pensamiento filosófico, como lo mostró Sócrates, pudiera ayudar fácilmente a combatir los factores que enturbian la mente y alejan a las personas de su verdadera naturaleza espiritual.


Por: Ernesto Marrero Ramírez
03/02/2012



                                                         Bibliografía


BLASCHKE Jorge: Enciclopedia de las creencias y religiones, Colombia, Editorial Intermedio, 2004.

BERNABÉ Alberto, traducción y notas: De Tales a Demócrito, Fragmentos presocráticos, Madrid-España, Alianza Editorial, 2006.    

CANIFF, Patricia, Pitágoras Grandes Biografías, Madrid-España, Editorial Edimat Libros, S. A., 2003.

ELIADE Mircea, El Yoga, Inmortalidad y libertad, México D.F., Fondo de cultura económica, 2002.

HERNÁNDEZ Albornoz José: Diccionario de filosofía, Vadell Hermanos Editores, 2005.

MORA Ferrater: Diccionario de filosofía, Barcelona, Editorial, Ariel, 2004

PANIKKAR Raimon: El silencio de Buddha, Una introducción al ateísmo religioso, Madrid-España, Ediciones Ciruela, 2005.

PLATÓN: Fedón, Madrid España, Editorial Gredos, 2000.

PLATÓN: Fedro, Madrid España, Editorial Gredos, 2000.

-----------: El Bagavad Guita, Bogotá Colombia, Ediciones Universales, 1980.

-----------: Enciclopedia Hispánica, Estados Unidos, Editorial Britanica, 1996.

-----------: El pensamiento oriental. (http://www.monografias.com).

-----------: Institute for Religious Research. (http: //www.irr.org/default.html).

-----------: Los Upanishads, Barcelona, España, Ediciones Brontes, 2008.

-----------: Pitágoras, Biografía. (http: //www.sme.com.ar/ecampetella/biografías /pitágoras.html.





Citas




[1] Cfr. El Bhagavad Guita, pág 29, Nº 20, Ediciones Universales, 1980
[2] Cfr. El Bhagavad Guita, Op.cit., pág 29, Nº 22
[3] Cfr. Platón, el Fedón, pág 37,Madrid España, Editorial Gredos, 2000
[4] Cfr. Platón, op cit., pág 38.
[5] Cfr. El Bhagavad Guita, Op.cit., pág 37,No.60.

[6] Cfr. El bhagavad Guita, op. cit., pág 36, Nº 55

[7] Véase ELIADE Mircea, El Yoga, Inmortalidad y libertad, pág 26, México D.F., Fondo de cultura económica, 2002.

[8] Véase PANIKKAR Raimon: El silencio de Buddha, Una introducción al ateísmo religioso, pág 72, Madrid- España, Ediciones Ciruela, 2005.

[9] Véase Platón, el Fedro, pág 341,Madrid España, Editorial Gredos, 2000
[10] Véase Los Upanishads, pág 22, Barcelona España, Edciones Brontes, 2008
[11]Véase BERNABÉ Alberto, traducción y notas: De Tales a Demócrito, Fragmentos presocráticos, pág 120, Madrid-España, Alianza Editorial, 2006.      

[12] Cfr. Platón, op cit., pág 52, 53
           
 

De investigador a investigado: El caso de la Sra. Piper

 


La información y los mensajes que la señora Eleonor Piper recibía desde el mundo de los espíritus parecían incuestionables. El parapsicólogo de origen australiano Richard Hodgson, estaba empecinado en comprobar que aquella mujer era una farsante. Debía desenmascararla y demostrar que se trataba de una embaucadora, así como lo había hecho con otros supuestos médiums. Estaba convencido de que ella fingía sus estados de trance y que, por lo tanto, aquellas manifestaciones paranormales no eran más que una vil trampa.

 Se dedicó a investigarla a fondo mediante el uso de detectives privados que interceptaron su correspondencia y la vigilaron en las reuniones que sostenía fuera de la casa, también infiltró muchos participantes para que la desacreditaran en las sesiones que realizaba. Pero, a pesar de todo ese minucioso trabajo, se le hizo imposible detectar anomalías, no podía probar que eran falsas las informaciones que ella recibía a través de las comunicaciones con los difuntos. Ante aquel fracaso sólo se limitó a lanzar una arrogante afirmación:

 —Hasta ahora no puedo comprobar absolutamente nada, pero deben confiar en mí, porque todavía falta mucho por investigar.

 No obstante, a su insistencia por querer demostrar que aquella comunicación con los espíritus era una invención de la mente de ella, comenzó a sospechar que posiblemente tenía un enorme potencial de telepatía y que por eso podía leer la mente de los participantes. Esta posibilidad le llevó a concebir la idea de que el Dr. Phinuit, el espíritu control que se comunicaba por medio de señora Piper, fuese una creación de su inconsciente que le servía de pretexto para leer los pensamientos de los asistentes y acertar en tantos mensajes que transmitía.

 —El Dr. Phinuit no puede identificar claramente quien era él en la vida terrenal, ni puede responder ciertas preguntas de filosofía —aseveró Hodgson en una ocasión—, por lo tanto, dicho personaje tiene que ser una invención de su inconsciente… Phinuit no existe realmente.

 Las investigaciones prosiguieron y se acentuaron aún más, pero al final los hechos terminaron por doblegarle aquella imagen de piedra que lo revestía de verdugo implacable y tuvo que aceptar que aquel contacto con el más allá era verdadero. En un informe que redactó a la Sociedad para la Investigación Psíquica, explicó detalladamente que había estado equivocado en sus aseveraciones previas y que en definitiva daba por hecho la existencia de la vida póstuma y la posible comunicación de los espíritus a través de esta médium.

 —Ya no tengo dudas de que las personalidades que se comunican a través de la señora Piper son en realidad quienes dicen ser —acotó con firmeza—. Son almas que han sobrevivido a la transición que nosotros llamamos muerte.

 A mediados de 1905 a Richard Hodgson le realizaron una entrevista sobre las investigaciones que llevaba acerca de la señora Piper, y en una pregunta sobre la tesis que sostenía acerca de la telepatía en las comunicaciones, respondió:

 —Luego de haber sometido a verificación mis dos hipótesis: la de la telepatía y la del espíritu; no dudo en afirmar que la hipótesis del espíritu es la que más se justifica por los resultados tan contundentes que se han obtenido.

 Al final del cuestionario le preguntaron si tenía algo más que agregar. A lo que respondió, después de dibujar una sonrisa confiada en su rostro que acompañaba al brillo de sus ojos:

 —Sí… quisiera agregar algo: No puedo esperar a morir.

 En efecto sus deseos fueron cumplidos porque El 20 de diciembre de ese mismo año sufrió una insuficiencia cardíaca mientras jugaba al balonmano y falleció con apenas 50 años de edad. Ahora le correspondía experimentar personalmente si existía la vida en el más allá o si por el contrario le esperaba la nada eterna.

Transcurrió un tiempo desde su deceso, hasta que en una sesión mediúmnica se comunicó a través de la misma señora Piper. Para su propio asombro, algunos de los presentes pensaron que esa comunicación no era totalmente convincente y más bien se mostraron dudosos. El filósofo e investigador norteamericano William James manifestó al respecto:

 —Sí, posiblemente se trate de nuestro amigo Hodgson, pero en realidad no estoy totalmente seguro.

  Ante la duda presentada en los que estaban en la sesión, el mismo Hodgson respondió:

 —Pues si yo no soy Richard Hodgson, entonces Richard Hodgson jamás existió.

 Paradójicamente, ahora le tocaba a él ser víctima del escepticismo de los investigadores con los que compartió en su vida terrenal, quienes dudaron que aquella manifestación espiritual pudiera ser verídica, a ellos más bien les parecía un acto telepático de la señora Piper.

 Cabe destacar, que años después se sigue debatiendo sobre la veracidad de las comunicaciones con el mundo de los espíritus de esta médium, que para muchos fue una astuta embaucadora, pero para otros fue una de las mejores médiums que han existido en la historia.

Por: Ernesto Marrero R

09 de agosto de 2023


lunes, 21 de septiembre de 2026

LECCIONES: Salsa romántica contemporánea. Letra: Ernesto Marrero Ramírez



Les comparto "Lecciones"©. Salsa romántica contemporanea. Una pieza musical cuya letra nace de mi poema "Lecciones". Esta obra forma parte de mi libro "Fragmentos de impermanencia", editado en 2024 por Ediciones Alta Esfera y el Círculo de Escritores de Venezuela. En esta ocasión, la Interpretación y Música cobran vida gracias a la tecnología de Suno AI. Los videos se obtuvieron de Pexels.com y la Edición fue realizada por Mónica Guerra.

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

La poesía de Luis Enrique Mármol: Un ovillo que conduce al laberinto de Arthur Schopenhauer


 Luis Enrique Marmol


 

¡Ah, los muertos deseos! Nada ansío
de lo que el mundo ofrece ante mi vista:
aquello que mi alma no contrista
tan solo me produce amargo hastío.
 
(…) haz que sienta en mi espíritu moroso
primero la tormenta que el reposo,
primero que el hastío el… ¡el sufrimiento!
 
Julián del Casal

 

 

Un camino sembrado de dolor, deseo, hastío y desilusión, al estilo schopenhaueriano

 

La Generación del 18, o generación de 1918, constituye uno de los hitos fundamentales de la literatura venezolana. Es el nombre que se le otorgó a un grupo de poetas venezolanos de comienzos del Siglo XX que se reunían principalmente en los espacios universitarios de la época y en los tradicionales cafés caraqueños, y que va a actuar como un puente estético e ideológico entre el agotamiento de la corriente del Modernismo y el advenimiento del Vanguardismo. Vale resaltar que esta generación no es considerada un movimiento poético formal, ya que no poseen ningún manifiesto que los identifiquen, más bien son vistos como un grupo heterogéneo, donde muchos de sus miembros se consideraban románticos, postmodernistas, surrealistas o simbolistas. También se caracterizó por su negativa al positivismo, sistema de pensamiento al cual estaban afiliados muchos intelectuales de la época, y su rechazo a la dictadura gomecista, aunque no fue un movimiento político militante como pudo ser la generación del 28. En cuanto a lo estético, rechazaron la retórica estridente, los adjetivos recargados y el exotismo de un modernismo en decadencia.

Luis Enrique Mármol perteneció a esta generación, donde compartió con reverentes compañeros como Andrés Eloy Blanco, José António Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Antonio Arráiz, Enrique Bernardo Núñez, Enrique Planchart, Ramón Díaz Sánchez y Jacinto Fombona Pachano, entre otros.

Nuestro escritor nació en la Caracas de los techos rojos un 21 de agosto del año 1897, en la parroquia Santa Rosalía, ya en las postrimerías del siglo XIX. Hijo único del médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia Infante de Mármol. Cursó su educación primaria y secundaria en el Colegio de los Padres Franceses de Caracas y se graduó de bachiller en filosofía a la temprana edad de 15 años, un 27 de septiembre del año 1912. Cuatro días después, para sofocar las protestas estudiantiles ante la autocracia gomecista, que culminaron con la huelga decretada por la Asociación General de Estudiantes y el encarcelamiento de Leopoldo Ortega Lima, fundador de la Sociedad de Estudiantes de Derecho, el gobierno de Juan Vicente Gómez clausuró la Universidad Central de Venezuela, suceso que se extendió por diez años, hasta el 7 de julio de 1922.

Apenas dos años después de su graduación como bachiller, fallece su padre Luis Mármol, el 16 de febrero de 1914 en San Fernando de Apure, un suceso que va a profundizar aún más su natural temperamento melancólico, y su percepción sobre la finitud y la muerte.

Lejos de detenerse ante estos obstáculos, dedicó este largo período de inactividad académica a la creación literaria. Durante esos años escribió la mayor parte de su producción poética y colaboró activamente en la prensa nacional, publicando crónicas, poemas y textos humorísticos en diarios como el semanario Cultura, El Universal, El Nuevo Diario, El Heraldo, la revista semanal Fígaro, la revista Élite y como jefe de redacción del magacín semanal ilustrado Flirt. Tras la reapertura de la UCV, retomó sus estudios y obtuvo el título de Doctor en Ciencias Políticas. Su tesis de grado fue evaluada por un jurado de alto calibre intelectual que incluyó a su compañero de generación, el poeta José Antonio Ramos Sucre, además de Carlos Grisanti y Nicomedes Zuloaga.

Firmó sus escritos con variados seudónimos que alternaba: “Renato Molina”, “Kara-Keño”, “Luis Valenzuela”, “Cómodo Comodián”, “Gregorio Iturriza”, “L’enfant de Marbre”, “Cándido Pérez” y “LEM”.

Hacia el año 1915, cuando ya contaba 18 de edad, publicó una página de poemas en El Nuevo Diario. No eran los primeros que mostraba al público; pero sí los primeros que anunciaban ya el futuro de una clara reflexión ante la impermanencia de la vida y a la vez, de una marcada madurez existencial. Se perfilaba como un joven que podía ver el mundo de manera realista y profunda, como si fuera un hombre de edad avanzada. Uno de aquellos poemas se titulaba “Nuestro Señor el Tedio". Un término que le acompañaría por el resto de su carrera como escritor.

En este sentido, comenta Paz Castillo: “El tedio lo sigue como la sombra al caminante. Se esconde a sus pies en ciertas ocasiones, cuando se aumenta la luz que orienta su caminar angustiado, pero no desaparece”[1].

Diversos planteamientos sobre el hastío han sido realizados por muchos pensadores tanto en el mundo de la Filosofía como de la Literatura: Schopenhauer, Pascal, Kierkegaard, Adorno, Rousseau, Kant, Heidegger, Benjamín y Lars Svendsen, por mencionar algunos filósofos. Y en el mundo de la literatura se puede citar a Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Flaubert, Stendhal, Thomas Mann, Goethe, Beckett, Baudelaire, Leopardi, Proust, Byron, Eliot, Ibsen, Valery, Antonio Machado, Pessoa y Julián del Casal.

Al respecto del hastío, aclara Schopenhauer:

El aburrimiento no es un mal despreciable […] Él es quien hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí se busquen, sin embargo, unos a otros tan locamente: es la fuente del instinto social. El Estado lo considera como una calamidad pública, y por prudencia toma medidas para combatirlo, vigilando que todo el mundo tenga un trabajo obligatorio.[2]

Así mismo, el filósofo noruego Lars Svendsen, en su libro Filosofía del tedio, comenta al respecto: “El ser humano tiene necesidades que determinan bien la naturaleza, bien la sociedad, bien la fuerza de la imaginación. Cuando los objetivos no se ven cumplidos, nos vemos abocados al sufrimiento; cuando los alcanzamos, obtenemos el tedio como resultado”[3].

En 1924, Mármol publica los Pastiches criollos, un pequeño folleto con apenas 54 páginas, con el estilo irónico, lúdico y humorístico, contrapuesto al de sus otros poemas; donde muestra una cara distinta de su obra poética. Según expresa Pedro Emilio Coll en la carta-prólogo del mencionado libro: es "... la mejor crítica que tenemos de nuestro tiempo...". Mármol pasaba aquí revista a los registros estilísticos y temáticos de sus contemporáneos, para ofrecer al público lector una serie de recreaciones (o "pastiches") que, a la vez, servía de pretexto para mostrar su genio, agudeza y versatilidad en el mundo de las letras. Va a hacer alarde aquí de su capacidad para emular distintos universos literarios, basados en la riqueza estilística y lírica de estos escritores. En realidad, él fue un escritor que conocía el beneficio del buen humor para el llevar la vida con buen talante, a pesar de las adversidades que nos presenta contantemente.

El poemario La locura del otro se publica post mortem. En este libro se puede observar un manifiesto de su vida, una visión introspectiva y hasta un halo premonitorio sobre su muerte prematura. Es una poesía con tilde trascendente, donde la finitud de la existencia y la inevitable partida pueden producir un profundo hastío ante el vacío y la rutina de la vida cotidiana. Es un sentirse extraño o “extranjero” en un mundo superficial que poco entiende la sensibilidad y la profundidad con que un poeta puede vivir su proceso existencial-literario.

En el poema “El extranjero” se expresa de esta manera:

Gulliver contemplaba como a sus pies hervía

en torpes ansias sórdidas la ciudad trepidante.

Odio, injusticias, crímenes… y Gulliver sentía

el orgullo de ser gigante!

 

Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa

que los liliputienses llamaban la montaña…

A sus pies descansaba la ciudad bulliciosa

de Liliput ─romántica, luminosa y extraña!

Abríanse en la sombra trémulas luces de oro;

luz en palacio, en la cabaña, claridad…

 

 

Luis Enrique Mármol se encuentra en sus poemas con la otredad, con aquel “Otro” que vive en nuestras entrañas y que muchas veces nos habla, pero no lo escuchamos. Es como ver su mundo interior a través de una pequeña ventana que va a mostrarle sus sombras, en el buen sentido jungiano. A veces ese otro funge como juez, como amigo confidente, como conciencia de ser y juntos recolectan sueños, divagan, reflexionan, padecen y cuestionan el Sentido de la existencia.

Aunque no se haya encontrado ninguna evidencia bibliográfica que indique que Mármol estudió directamente a Arthur Schopenhauer, sus escritos se encuentran marcados por su rúbrica. Los temas que trata con mayor énfasis, como son la muerte, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión, son indicios de la influencia de la filosofía schopenhaueriana en su obra. Recordemos que nuestro escritor se gradúa de bachiller en filosofía y es muy posible que en algún momento se haya encontrado con este pensador. También pudo haberse topado con escritores que estaban influenciados por este filósofo como es el caso del poeta cubano Julián del Casal, quien para la época tenía mucho renombre. O de pronto pudo haber caminado los derroteros de Giacomo Leopardi, un poeta pesimista que la enfermedad lo llevó a comprender, en carne propia, la fragilidad de la vida y la relación entre el hastío, el dolor y el deseo, un paralelismo total con el filósofo de Danzig.

En el año 1919 Mármol escribe Canto del desencanto, un poema donde se puede percibir el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión en el poeta. Una marca ineludible de Schopenhauer:

 

Ha tiempo que hizo presa de mí lo ineludible…

Otrora fuera mi alma recia fecundidad,

impulso y vibración creadora… Hoy un terrible

tedio, un marasmo estéril, suspéndase invencible

sobre mi vida absurda, gris, sin finalidad!

 

Con mi sed de improviso presentí el mundo exiguo;

palpita en mi ser todo el vigor antiguo;

dije: ‒Ornará mis sienes olímpica guirnalda.

Si me es hostil la vida, la domaré. violento!...

Mi alma fue un haz de impulsos de combatir… y siento

desde entonces el dolor de una herida en la espalda!

 

Vulgares contratiempos, obstáculos pigmeos,

mil dolores triviales, mil mezquinos deseos

‒indolencia, fastidio, vicio, impureza‒, oscuros

buitres, me devoraron mis Sueños-Prometeos,

de entrañas palpitantes de milagros futuros!

 

Cavilante fulgor de mis tinieblas brota

‒noble palidez pobre cual estrella remota,

‒sonda de luz que indaga la hondura del abismo…

Es así como me siento entre la sombra ignota

tu trémula presencia, oh! jirón de idealismo

que ondeas, triste, sobre mi entusiasmo en derrota!

 

 

En la columna de su pensamiento filosófico, Schopenhauer explica que la vida oscila en un movimiento pendular entre el dolor (Schemerz) y el hastío (Langeweile)[4]. Con cada deseo satisfecho brota la figura del tedio y entonces emerge un nuevo deseo, pero si este no es saciado viene el inevitable sufrimiento. En ese ciclo interminable se sumergen las personas de este mundo, y forman así una especie de círculo vicioso del cual es muy difícil escapar. Para Schopenhauer solamente hay tres posibles maneras de salir: la primera es a través de la muerte, pero este es un acto ficticio ya que con esta decisión el suicida lo que quiere es escapar del sufrimiento que le produce esta vida, pero no de la voluntad y su deseo insaciable, que es la causa originaria de dicho dolor. Por tal motivo, la naturaleza simplemente continuará colocando otros individuos en el puesto de este para continuar su tarea. La segunda forma es a través de la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado y en especial de la música, pero este acto es temporal, ya que solamente distrae por un instante y luego se vuelve a caer en el mismo estado. Y la tercera forma de romper con esta ilusión es mediante el trabajo que lleva a cabo el asceta o místico, que logra penetrar en las profundidades de su mente y despertar del ensueño que produce este mundo ilusorio; en sí, aniquilar a la voluntad de vivir y lograr así la disolución del falso yo.

En el año 1923, nuestro poeta redacta el poema “Canto de exaltación”, donde manifiesta nuevamente estos conceptos:

 

Hombre risueño o triste, o sereno, triunfante

¡O desilusionado, eres mi semejante!

Tú que sufres profunda pena ¿quizá creíste

que tu pena es la pena más intensa que existe?

Tú, a quien extraño júbilo maravilloso exalta

¿pensaste que tu dicha es la dicha más alta?

Tú, lleno de premiosas inquietudes, que vas

en línea recta, ¿ignora que nunca llegarás?

Tú, que en reposo sueñas y sueñas, noche y día

¿juzgaste que eras dueño de la sabiduría?

Triunfador imperioso, soberbio de desdenes

¿En dónde está la realidad de lo que tienes?

Vencido al que la vida fue terrible madrastra,

¡Piensas estar inmóvil… y la vida te arrastra! […]

 

***

 

¡A ratos estoy triste, siniestramente triste!

Un halo gris las formas y las ideas viste,

y un cansancio impreciso me invade, sordo y blando:

es el dolor de todo lo que vamos dejando;

el hastío de lo que vamos poseyendo;

la nostalgia de cuanto se ha ido destruyendo;

el anhelo obsediante de lo que no alcanzamos

nunca… el remordimiento de que desdeñamos…

Los ojos de una bella mujer desconocida

que nunca más encontraremos en la vida!

El ocaso que sobre la ciudad apiñada

se inviste de una gracia dulce y desesperada!

 

 

            En el año 1920 publica el poema “Es el siglo”, donde va a realizar una crítica fuerte al crecimiento acelerado de la sociedad que venía acompañado del deterioro social y moral que presagiaba el siglo XX. En estos versos se va a apoyar en John Milton y su poema: Paraíso perdido, para referirse al a los vientos malignos que se avecinan. Desde luego ya había visto la malignidad de la primera guerra mundial y, aunque no llegó a ver la segunda, entendió que en el fondo estas confrontaciones mundiales de hombres contra hombre no son más que el producto de la manifestación de sus bajos instintos: del egoísmo, la ambición y la sed de poder, detrás de los cuales se esconden el deseo, el hastío, el dolor y la desilusión:

 

En el siglo doliente y sórdido

de los grandes proyectos tardíos,

es la edad de los Remordimientos,

¡El imperio del ─Quién lo hubiera sabido!

Mucho vigor estéril, mucho esfuerzo frustrado,

son el solo legado de pretéritos siglos…

¡qué muchos de nosotros, ya cansados, vayamos

irremediablemente hacia el hastío!

 

Todo conspira contra los hombres: el deseo,

Lo imposible, la desigualdad, el equilibrio,

la amargura, lo frustrado y lo logrado,

ese implacable heraldo del fastidio!

 

 

Otro tema fundamental que va a ser reiterativo en la obra de nuestro escritor es el de la muerte, que para Schopenhauer es “el auténtico genio inspirador, el musageta de la filosofía”.[5]

Según afirma Schopenhauer, a excepción del ser humano, ningún ser vivo se asombra de su propia existencia. Y aclara que su asombro es aún mayor cuando se topa con la muerte y percibe su finitud, entiende de esta manera que todo esfuerzo es vano para evitar este fin. El efecto que esto genera en el hombre es de un profundo temor a saber que tarde o temprano tendrá que enfrentar este hecho; es decir, el horroris mortis, que va ligado a su vez con el llamado instinto de conservación.[6] La esencia, el fondo que moviliza este mundo, es el impulso a la vida, el vehemente deseo de vivir, y aclara Hernan Caro: “Existe horror a la muerte porque la esencia del hombre es la voluntad de vivir, el deseo de no cesar, o como diría Unamuno, el ansia de inmortalidad”[7].

En el año 1919 escribe el poema Todos iban, un poema donde va a reflexionar sobre la muerte y el impacto que produce en el enlutado, él se cruza por la etapa de Duelo, a diferencia de los que viven en la carrera cotidiana y superficial de la vida:

 

Todos iban desorientados:

perseguían un objeto próximo;

unos iban a su trabajo,

otros al trabajo de los otros…

 

Los ojos errantes y vagos,

hacia la mancha de los pinos

cruzó indolente un enlutado…

‒A dónde vas?

            ‒No sé ‒me dijo.

Todos iban desorientados,

y el enlutado hacia sí mismo!

 

 

 En el mismo año escribe Mármol el poema Iluso Ayer. Otro escrito cargado de sufrimiento, hastío y dolor, para culminar refiriéndose a la muerte:

 

Iluso ayer, yo dije de la vida y su encanto;

la vida, ayer engaño, hoy penoso deber.

Ya no me queda nada y por lo tanto

no tengo nada que temer!

Vida, dame la estúpida serenidad de un santo

¡O vuélveme mis locas inquietudes de ayer!

 

Y la Verdad, glotona de sueños insaciables:

─Pobre espíritu enjuto, pobre carne maleable,

alucinada de amor y de luz,

encontrarás el tedio en todo lo invariable,

el dolor del anhelo en lo inestable,

¡y hasta después de muerto soportarás tu cruz!

 

           

Arthur Schopenhauer define a la muerte como una especie de sueño profundo en el que desaparece la percepción individual y todo lo demás despierta: “La muerte es un sueño en el cual queda olvidada la individualidad; todo lo demás despierta o, por mejor decir, permanece en vigilia”[8]. Pero esta inquietud, este saber que la inevitable partida acompañará al individuo durante toda su vida, es algo intrínseco de la conciencia humana. Un detonante inspirador que se ha manifestado también dentro del mundo de la literatura: el cuento, la novela y la poesía han servido de receptáculo al torrencial expresivo que genera la muerte, tanto por su aceptación o rechazo. Escritores como Víctor Hugo, Giacomo Leopardi, William Shakespeare, Geoffrey Chaucer, Emily Bronté, Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Horacio Silvestre Quiroga, Mario Benedetti, Octavio Paz y Gabriel García Márquez han tenido una influencia significativa en esta temática. También es importante resaltar que el romanticismo fue muy influenciado por este tema. Un movimiento cultural en el que se sostuvo el primado de la intuición y el sentimiento sobre la razón; lo imprevisible sobre lo previsible; lo multiforme ante lo uniforme; lo oculto ante lo presente; lo sublime más que lo bello; lo aristocrático más que lo burgués; lo colectivo ante lo individual; lo interno más que lo externo y lo dramático más que lo apacible[9].

            Luis Enrique Mármol falleció en la ciudad de Valencia, Venezuela, el 17 de septiembre de 1926, a la corta edad de 29 años, cuando estaba en apogeo de su pensamiento y de la producción de ideas. Meses antes había sufrido un accidente automovilístico del cual nunca llegó a recuperarse. Veinte años después de su muerte, sus restos fueron llevados al Cementerio General del Sur, donde reposan hoy. Antonio Arráiz, en unas palabras de duelo ante su muerte, comentó que él había amado como alucinado de las cosas grandiosas de este mundo: el triunfo, el heroísmo y la belleza. “No tuvo tiempo de desilusionarse”[10].

 

En esta ocasión voy a disentir de las palabras de Antonio Arráiz y me permitiré decir que Luis Enrique Mármol si llegó a desilusionarse, y mucho. Esto fue algo que mostró con maestría en sus poemas. Una poesía sincera que emerge de lo más profundo del alma. Una vez escribí que “la poesía es el canal que utiliza el poeta para poder expresar lo concebido por el espíritu, en otras palabras, es expresión interna y para lograr este objetivo hay que excavar en nuestras entrañas para que aflore un nuevo mundo donde la imaginación y la realidad se conjuguen para darle forma al verso y a la prosa”. La poesía de Mármol es introspección profunda y transparente, donde la desilusión, el dolor y el hastío, se van a expresar en contra de una vida dominada por los deseos vanos y por una sociedad inmersa en la rutina y el adormecimiento, que nos aleja del sendero de una conciencia crítica que sea capaz de aportar un legado profundo al entorno social de su momento histórico.

 

Aunque en Mármol influyeron diversas corrientes modernistas y posmodernistas, la huella del pesimismo filosófico schopenhaueriano, muy difundido en la intelectualidad hispanoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX, impregna claramente la médula de su obra, y en este sentido, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión siempre van a acompañar sus letras.

El vínculo entre el universo poético de Mármol y la filosofía de Schopenhauer se evidencia en varios ejes conceptuales: “El dolor como sustancia vital”; “El «Querer-Vivir» como quimera”; “El deseo y el hastío como presencia constante en la vida” y “La nostalgia del olvido y la desilusión junto a la presencia de la muerte”.

Para Schopenhauer, el dolor no es un accidente de la vida, sino su esencia misma: existir es sufrir porque toda vida es deseo insatisfecho. Mármol asimila esta premisa no como un mero artificio retórico, sino como una vivencia ontológica. En sus versos, la angustia, el sufrimiento y el vacío no son estados pasajeros, sino la condición inevitable de la existencia humana. El dolor schopenhaueriano dejó de ser pura abstracción metafísica para transformarse en sus versos, en una respuesta estética ante el desencanto de su propio momento histórico y sus caídas personales.

En la filosofía schopenhaueriana, el individuo está inmerso y atado a la Voluntad, un impulso ciego que nos lleva a perseguir metas cuyo logro solo produce aburrimiento o la aparición de un nuevo deseo. En muchos poemas de Mármol, se percibe este mismo desencanto frente al esfuerzo humano:

   • El afán inútil que lleva al hastío: El poeta retrata la aspiración y el ideal de la sociedad como fuerzas ilusorias que conducen invariablemente al «hastío» y al desencanto.

   • El círculo del deseo: La dialéctica entre la insatisfacción de no alcanzar la meta y el vacío de conseguirla coincide con el célebre péndulo de Schopenhauer que oscila entre el dolor y el aburrimiento.

Por otro lado, el término del sufrimiento schopenhaueriano es el deseo insatisfecho, que se supera a través de la negación de la voluntad de vivir (la calma, el nirvana, la quietud absoluta). En la lírica de Mármol, la muerte y el olvido no siempre aparecen con terror, sino con la serena resignación de quien busca el cese del dolor. Varios de sus poemas reflejan esa búsqueda atormentada de la verdad que desemboca en la desolación y el silencio.

En el del corpus poético de Luis Enrique Mármol se puede percibir una profunda presencia de la filosofía de Arthur Schopenhauer, que impregnó la atmósfera intelectual del fin de siglo XX, junto a la de Nietzsche y a la lírica posromántica o modernista. Mármol tradujo este tejido filosófico en una sensibilidad trágica y profundamente contemplativa, transformando el pesimismo alemán en una experiencia íntima e hispanoamericana. Se puede decir que él logró convertir la filosofía en atmósfera, temperamento y carne viva a través de sus palabras.



[1] Paz Castillo, Fernando. Obras Completas. Los del dieciocho. Tomo V. Caracas: Ediciones de la Casa de Bello, 1995. p. 287

[2]Schopenhauer, Arthur.  El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Edicomunicación, S.A, 1998. p. 92

[3]Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Barcelona: Tusquets Editores, 2006. p. 72

[4]Cfr. Maceiras Fafian, Manuel. Schopenhauer y Kierkegaard: Sentimiento y pasión. Madrid: Editorial Cincel, 1985. p.92

[5] Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación Vol. II. Madrid: Fondo de Cultura, 2003

p. 446.

[6]Cfr. Caro, Hernán Darío. 2001. El origen de la necesidad metafísica del hombre (una de las muchas pruebas que Schopenhauer nunca ofreció). Revista Saga N⁰ 3. Bogotá: Universidad Nacional [En www. saga. unal. edu.co/etexts/pdf/saga3/caro.pdf], p.30

[7]Ibid., p.32

[8]Schopenhauer, Arthur. Metafísica de las costumbres, Madrid: Editorial Trotta, 2001. p. 10

[9]Cfr. Mora, Ferrater, Diccionario de filosofía. Barcelona: Editorial Ariel, 2004. p. 3115

[10] Mármol, Luis Enrique. Ver Prólogo de Reyna Rivas. La locura del otro. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2007. P. VIII



Artículo publicado también en la revista del Círculo de Escritores de Venezuela:




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https://circulodescritoresvenezuela.org/2026/09/15/el-pesimismo-en-luis-enrique-marmol-un-ovillo-que-conduce-al-laberinto-de-arthur-schopenhauer/