¡Ah, los muertos deseos! Nada ansíode lo que el mundo ofrece ante mi vista:aquello que mi alma no contristatan solo me produce amargo hastío. (…) haz que sienta en mi espíritu morosoprimero la tormenta que el reposo,primero que el hastío el… ¡el sufrimiento! Julián del Casal
Un camino sembrado de dolor, deseo, hastío
y desilusión, al estilo schopenhaueriano
La
Generación del 18, o generación de 1918, constituye uno de los hitos fundamentales
de la literatura venezolana. Es el nombre que se le otorgó a un grupo de poetas
venezolanos de comienzos del Siglo XX que se reunían principalmente
en los espacios universitarios de la época y en los tradicionales cafés
caraqueños, y que va a actuar como un puente estético e ideológico entre el
agotamiento de la corriente del Modernismo y el advenimiento del Vanguardismo. Vale resaltar que esta generación no es considerada un
movimiento poético formal, ya que no poseen ningún manifiesto que los identifiquen, más bien son vistos como un grupo heterogéneo, donde muchos
de sus miembros se consideraban románticos, postmodernistas, surrealistas o simbolistas.
También se caracterizó por su negativa al positivismo, sistema de pensamiento
al cual estaban afiliados muchos intelectuales de la época, y su rechazo a la
dictadura gomecista, aunque no fue un movimiento político militante como pudo
ser la generación del 28. En cuanto a lo estético, rechazaron la retórica
estridente, los adjetivos recargados y el exotismo de un modernismo en
decadencia.
Luis Enrique
Mármol perteneció a esta generación, donde compartió con reverentes compañeros
como Andrés
Eloy Blanco, José António Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Antonio Arráiz,
Enrique Bernardo Núñez, Enrique Planchart, Ramón Díaz Sánchez y Jacinto Fombona
Pachano, entre otros.
Nuestro escritor nació en la Caracas de los techos rojos un 21 de
agosto del año 1897, en la parroquia Santa Rosalía, ya en las postrimerías del
siglo XIX. Hijo único del médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia
Infante de Mármol. Cursó su educación primaria y secundaria en el Colegio de los
Padres Franceses de Caracas y se graduó de bachiller en filosofía a la temprana
edad de 15 años, un 27 de septiembre del año 1912. Cuatro días después, para
sofocar las protestas estudiantiles ante la autocracia gomecista, que
culminaron con la huelga decretada por la Asociación General de Estudiantes y
el encarcelamiento de Leopoldo Ortega Lima, fundador de la Sociedad de Estudiantes
de Derecho, el gobierno de Juan Vicente Gómez clausuró la Universidad Central
de Venezuela, suceso que se extendió por diez años, hasta el 7 de julio de
1922.
Apenas dos
años después de su graduación como bachiller, fallece su padre Luis Mármol, el
16 de febrero de 1914 en San Fernando de Apure, un suceso que va a profundizar
aún más su natural temperamento melancólico, y su percepción sobre la finitud y
la muerte.
Lejos de
detenerse ante estos obstáculos, dedicó este largo período de inactividad
académica a la creación literaria. Durante esos años escribió la mayor parte de
su producción poética y colaboró activamente en la prensa nacional, publicando
crónicas, poemas y textos humorísticos en diarios como el semanario Cultura,
El Universal, El Nuevo Diario, El Heraldo, la revista
semanal Fígaro, la revista Élite y como jefe de
redacción del magacín semanal ilustrado Flirt. Tras la reapertura
de la UCV, retomó sus estudios y obtuvo el título de Doctor en Ciencias Políticas.
Su tesis de grado fue evaluada por un jurado de alto calibre intelectual que
incluyó a su compañero de generación, el poeta José Antonio Ramos Sucre, además
de Carlos Grisanti y Nicomedes Zuloaga.
Firmó sus escritos
con variados seudónimos que alternaba: “Renato Molina”, “Kara-Keño”, “Luis
Valenzuela”, “Cómodo Comodián”, “Gregorio Iturriza”, “L’enfant de Marbre”,
“Cándido Pérez” y “LEM”.
Hacia el año
1915, cuando ya contaba 18 de edad, publicó una página de poemas en El
Nuevo Diario. No eran los primeros que mostraba al público; pero sí los
primeros que anunciaban ya el futuro de una clara reflexión ante la
impermanencia de la vida y a la vez, de una marcada madurez existencial. Se
perfilaba como un joven que podía ver el mundo de manera realista y profunda,
como si fuera un hombre de edad avanzada. Uno de aquellos poemas se titulaba “Nuestro
Señor el Tedio". Un término que le acompañaría por el resto de su
carrera como escritor.
En este sentido, comenta Paz Castillo: “El tedio lo
sigue como la sombra al caminante. Se esconde a sus pies en ciertas ocasiones,
cuando se aumenta la luz que orienta su caminar angustiado, pero no desaparece”[1].
Diversos planteamientos sobre el
hastío han sido realizados por muchos pensadores tanto en el mundo de la
Filosofía como de la Literatura: Schopenhauer, Pascal, Kierkegaard, Adorno, Rousseau,
Kant, Heidegger, Benjamín y Lars Svendsen, por mencionar algunos filósofos. Y
en el mundo de la literatura se puede citar a Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Flaubert,
Stendhal, Thomas Mann, Goethe, Beckett, Baudelaire, Leopardi, Proust, Byron,
Eliot, Ibsen, Valery, Antonio Machado, Pessoa y Julián del Casal.
Al respecto del hastío, aclara
Schopenhauer:
El
aburrimiento no es un mal despreciable […] Él es quien hace que los hombres,
que se aman tan poco entre sí se busquen, sin embargo, unos a otros tan
locamente: es la fuente del instinto social. El Estado lo considera como una
calamidad pública, y por prudencia toma medidas para combatirlo, vigilando que
todo el mundo tenga un trabajo obligatorio.[2]
Así mismo, el
filósofo noruego Lars Svendsen, en su libro Filosofía del tedio, comenta al
respecto: “El ser humano tiene necesidades que determinan bien la naturaleza,
bien la sociedad, bien la fuerza de la imaginación. Cuando los objetivos no se
ven cumplidos, nos vemos abocados al sufrimiento; cuando los alcanzamos,
obtenemos el tedio como resultado”[3].
En 1924, Mármol
publica los Pastiches criollos, un pequeño folleto con apenas 54
páginas, con el estilo irónico, lúdico y humorístico, contrapuesto al de sus
otros poemas; donde muestra una cara distinta de su obra poética. Según expresa
Pedro Emilio Coll en la carta-prólogo del mencionado libro: es "... la
mejor crítica que tenemos de nuestro tiempo...". Mármol pasaba aquí
revista a los registros estilísticos y temáticos de sus contemporáneos, para
ofrecer al público lector una serie de recreaciones (o "pastiches")
que, a la vez, servía de pretexto para mostrar su genio, agudeza y versatilidad
en el mundo de las letras. Va a hacer alarde aquí de su capacidad para emular
distintos universos literarios, basados en la riqueza estilística y lírica de
estos escritores. En realidad, él fue un escritor que conocía el beneficio del
buen humor para el llevar la vida con buen talante, a pesar de las adversidades
que nos presenta contantemente.
El poemario La
locura del otro se publica post mortem. En este libro se puede observar un manifiesto de su vida, una
visión introspectiva y hasta un halo premonitorio sobre su muerte prematura. Es
una poesía con tilde trascendente, donde la finitud de la existencia y la
inevitable partida pueden producir un profundo hastío ante el vacío y la rutina
de la vida cotidiana. Es un sentirse extraño o “extranjero” en un mundo superficial
que poco entiende la sensibilidad y la profundidad con que un poeta puede vivir
su proceso existencial-literario.
En el poema “El extranjero”
se expresa de esta manera:
Gulliver contemplaba como a sus pies hervía
en torpes ansias sórdidas la ciudad
trepidante.
Odio, injusticias, crímenes… y Gulliver
sentía
el orgullo de ser gigante!
Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa
que los liliputienses llamaban la montaña…
A sus pies descansaba la ciudad bulliciosa
de Liliput ─romántica, luminosa y extraña!
Abríanse en la sombra trémulas luces de oro;
luz en palacio, en la cabaña, claridad…
Luis Enrique
Mármol se encuentra en sus poemas con la otredad, con aquel “Otro” que vive en nuestras
entrañas y que muchas veces nos habla, pero no lo escuchamos. Es como ver su mundo
interior a través de una pequeña ventana que va a mostrarle sus sombras, en el
buen sentido jungiano. A veces ese otro funge como juez, como amigo confidente,
como conciencia de ser y juntos recolectan sueños, divagan, reflexionan, padecen
y cuestionan el Sentido de la existencia.
Aunque no se haya
encontrado ninguna evidencia bibliográfica que indique que Mármol estudió
directamente a Arthur Schopenhauer, sus escritos se encuentran marcados por su
rúbrica. Los temas que trata con mayor énfasis, como son la muerte, el dolor,
el deseo, el hastío y la desilusión, son indicios de la influencia de la
filosofía schopenhaueriana en su obra. Recordemos que nuestro escritor se
gradúa de bachiller en filosofía y es muy posible que en algún momento se haya
encontrado con este pensador. También pudo haberse topado con escritores que
estaban influenciados por este filósofo como es el caso del poeta cubano Julián
del Casal, quien para la época tenía mucho renombre. O de pronto pudo haber
caminado los derroteros de Giacomo Leopardi, un poeta pesimista que la
enfermedad lo llevó a comprender, en carne propia, la fragilidad de la vida y
la relación entre el hastío, el dolor y el deseo, un paralelismo total con el
filósofo de Danzig.
En el año 1919 Mármol escribe Canto del desencanto, un poema donde se puede percibir el dolor, el
deseo, el hastío y la desilusión en el poeta. Una marca ineludible de Schopenhauer:
Ha tiempo que hizo presa
de mí lo ineludible…
Otrora fuera mi alma
recia fecundidad,
impulso y vibración
creadora… Hoy un terrible
tedio, un marasmo estéril, suspéndase invencible
sobre mi vida absurda,
gris, sin finalidad!
Con mi sed de improviso
presentí el mundo exiguo;
palpita en mi ser todo
el vigor antiguo;
dije: ‒Ornará mis sienes
olímpica guirnalda.
Si me es hostil la vida,
la domaré. violento!...
Mi alma fue un haz de
impulsos de combatir… y siento
desde entonces el
dolor de una herida en la espalda!
Vulgares contratiempos,
obstáculos pigmeos,
mil dolores triviales, mil mezquinos deseos
‒indolencia, fastidio,
vicio, impureza‒, oscuros
buitres, me devoraron
mis Sueños-Prometeos,
de entrañas palpitantes
de milagros futuros!
Cavilante fulgor de mis
tinieblas brota
‒noble palidez pobre
cual estrella remota,
‒sonda de luz que indaga
la hondura del abismo…
Es así como me siento entre
la sombra ignota
tu trémula presencia,
oh! jirón de idealismo
que ondeas, triste,
sobre mi entusiasmo en derrota!
En
la columna de su pensamiento filosófico, Schopenhauer explica que la vida
oscila en un movimiento pendular entre el dolor (Schemerz) y el hastío (Langeweile)[4]. Con
cada deseo satisfecho brota la figura del tedio y entonces emerge un nuevo
deseo, pero si este no es saciado viene el inevitable sufrimiento. En ese ciclo
interminable se sumergen las personas de este mundo, y forman así una especie
de círculo vicioso del cual es muy difícil escapar. Para Schopenhauer solamente
hay tres posibles maneras de salir: la primera es a través de la muerte, pero
este es un acto ficticio ya que con esta decisión el suicida lo que quiere es
escapar del sufrimiento que le produce esta vida, pero no de la voluntad y su
deseo insaciable, que es la causa originaria de dicho dolor. Por tal motivo, la
naturaleza simplemente continuará colocando otros individuos en el puesto de
este para continuar su tarea. La segunda forma es a través de la contemplación
de la obra de arte como acto desinteresado y en especial de la música, pero
este acto es temporal, ya que solamente distrae por un instante y luego se
vuelve a caer en el mismo estado. Y la tercera forma de romper con esta ilusión
es mediante el trabajo que lleva a cabo el asceta o místico, que logra penetrar
en las profundidades de su mente y despertar del ensueño que produce este mundo
ilusorio; en sí, aniquilar a la voluntad de vivir y lograr así la disolución
del falso yo.
En el año 1923, nuestro
poeta redacta el poema “Canto de
exaltación”, donde manifiesta nuevamente estos conceptos:
Hombre risueño o triste,
o sereno, triunfante
¡O desilusionado, eres
mi semejante!
Tú que sufres profunda
pena ¿quizá creíste
que tu pena es la pena
más intensa que existe?
Tú, a quien extraño
júbilo maravilloso exalta
¿pensaste que tu dicha
es la dicha más alta?
Tú, lleno de premiosas
inquietudes, que vas
en línea recta, ¿ignora
que nunca llegarás?
Tú, que en reposo sueñas
y sueñas, noche y día
¿juzgaste que eras dueño
de la sabiduría?
Triunfador imperioso,
soberbio de desdenes
¿En dónde está la
realidad de lo que tienes?
Vencido al que la vida
fue terrible madrastra,
¡Piensas estar inmóvil…
y la vida te arrastra! […]
***
¡A ratos estoy triste,
siniestramente triste!
Un halo gris las formas
y las ideas viste,
y un cansancio
impreciso me invade, sordo y blando:
es el dolor de
todo lo que vamos dejando;
el hastío de lo que vamos poseyendo;
la nostalgia de cuanto
se ha ido destruyendo;
el anhelo obsediante de lo que no alcanzamos
nunca… el remordimiento
de que desdeñamos…
Los ojos de una bella
mujer desconocida
que nunca más
encontraremos en la vida!
El ocaso que sobre la
ciudad apiñada
se inviste de una gracia
dulce y desesperada!
En el
año 1920 publica el poema “Es el siglo”,
donde va a realizar una crítica fuerte al crecimiento acelerado de la sociedad
que venía acompañado del deterioro social y moral que presagiaba el siglo XX.
En estos versos se va a apoyar en John Milton y su poema: Paraíso perdido, para referirse al a los vientos malignos que se
avecinan. Desde luego ya había visto la malignidad de la primera guerra mundial
y, aunque no llegó a ver la segunda, entendió que en el fondo estas
confrontaciones mundiales de hombres contra hombre no son más que el producto
de la manifestación de sus bajos instintos: del egoísmo, la ambición y la sed de
poder, detrás de los cuales se esconden el deseo, el hastío, el dolor y la
desilusión:
En el siglo doliente y sórdido
de los grandes proyectos tardíos,
es la edad de los Remordimientos,
¡El imperio del ─Quién lo hubiera sabido!
Mucho vigor estéril, mucho esfuerzo frustrado,
son el solo legado de pretéritos siglos…
¡qué muchos de nosotros, ya cansados, vayamos
irremediablemente hacia el hastío!
Todo conspira contra los hombres: el deseo,
Lo imposible, la desigualdad, el equilibrio,
la amargura, lo frustrado y lo logrado,
ese implacable heraldo del fastidio!
Otro tema fundamental que va a ser reiterativo en
la obra de nuestro escritor es el de la muerte, que para Schopenhauer es “el
auténtico genio inspirador, el musageta de la filosofía”.[5]
Según afirma Schopenhauer, a excepción del ser
humano, ningún ser vivo se asombra de su propia existencia. Y aclara que su
asombro es aún mayor cuando se topa con la muerte y percibe su finitud,
entiende de esta manera que todo esfuerzo es vano para evitar este fin. El
efecto que esto genera en el hombre es de un profundo temor a saber que tarde o
temprano tendrá que enfrentar este hecho; es decir, el horroris mortis,
que va ligado a su vez con el llamado instinto de conservación.[6] La
esencia, el fondo que moviliza este mundo, es el impulso a la vida, el
vehemente deseo de vivir, y aclara Hernan Caro: “Existe horror a la muerte
porque la esencia del hombre es la voluntad de vivir, el deseo de no cesar, o
como diría Unamuno, el ansia de inmortalidad”[7].
En el año 1919 escribe el poema Todos iban, un poema donde va a
reflexionar sobre la muerte y el impacto que produce en el enlutado, él se
cruza por la etapa de Duelo, a diferencia de los que viven en la carrera cotidiana
y superficial de la vida:
Todos iban
desorientados:
perseguían un objeto
próximo;
unos iban a su trabajo,
otros al trabajo de los
otros…
Los ojos errantes y
vagos,
hacia la mancha de los
pinos
cruzó indolente un
enlutado…
‒A dónde vas?
‒No sé ‒me dijo.
Todos iban
desorientados,
y el enlutado hacia sí
mismo!
En el mismo año escribe Mármol el
poema Iluso Ayer. Otro escrito
cargado de sufrimiento, hastío y dolor, para culminar refiriéndose a la muerte:
Iluso ayer, yo dije de
la vida y su encanto;
la vida, ayer engaño,
hoy penoso deber.
Ya no me queda nada y por
lo tanto
no tengo nada que temer!
Vida, dame la estúpida
serenidad de un santo
¡O vuélveme mis locas
inquietudes de ayer!
Y la Verdad, glotona de
sueños insaciables:
─Pobre espíritu enjuto,
pobre carne maleable,
alucinada de amor y de
luz,
encontrarás el tedio
en todo lo invariable,
el dolor del anhelo
en lo inestable,
¡y hasta después de
muerto soportarás tu cruz!
Arthur
Schopenhauer define a la muerte como una especie de sueño profundo en el que
desaparece la percepción individual y todo lo demás despierta: “La muerte es un
sueño en el cual queda olvidada la individualidad; todo lo demás despierta o,
por mejor decir, permanece en vigilia”[8]. Pero esta inquietud, este saber que la inevitable
partida acompañará al individuo durante toda su vida, es algo intrínseco de la
conciencia humana. Un detonante inspirador que se ha manifestado también dentro
del mundo de la literatura: el cuento, la novela y la poesía han servido de
receptáculo al torrencial expresivo que genera la muerte, tanto por su
aceptación o rechazo. Escritores como Víctor Hugo, Giacomo Leopardi, William
Shakespeare, Geoffrey Chaucer,
Emily Bronté, Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Horacio Silvestre Quiroga,
Mario Benedetti, Octavio Paz y Gabriel García Márquez han tenido una influencia
significativa en esta temática. También es importante resaltar que el
romanticismo fue muy influenciado por este tema. Un movimiento cultural en el
que se sostuvo el primado de la intuición y el sentimiento sobre la razón; lo
imprevisible sobre lo previsible; lo multiforme ante lo uniforme; lo oculto
ante lo presente; lo sublime más que lo bello; lo aristocrático más que lo
burgués; lo colectivo ante lo individual; lo interno más que lo externo y lo
dramático más que lo apacible[9].
Luis Enrique Mármol falleció en la ciudad de Valencia,
Venezuela, el 17 de septiembre de 1926, a la corta edad de 29 años, cuando
estaba en apogeo de su pensamiento y de la producción de ideas. Meses antes había
sufrido un accidente automovilístico del cual nunca llegó a recuperarse. Veinte
años después de su muerte, sus restos fueron llevados al Cementerio General del
Sur, donde reposan hoy. Antonio Arráiz, en unas palabras de duelo ante su
muerte, comentó que él había amado como alucinado de las cosas grandiosas de
este mundo: el triunfo, el heroísmo y la belleza. “No tuvo tiempo de
desilusionarse”[10].
En
esta ocasión voy a disentir de las palabras de Antonio Arráiz y me permitiré decir
que Luis Enrique Mármol si llegó a desilusionarse, y mucho. Esto fue algo que
mostró con maestría en sus poemas. Una poesía sincera que emerge de lo más
profundo del alma. Una vez escribí que “la poesía es el canal que utiliza el
poeta para poder expresar lo concebido por el espíritu, en otras palabras, es
expresión interna y para lograr este objetivo hay que excavar en nuestras
entrañas para que aflore un nuevo mundo donde la imaginación y la realidad se
conjuguen para darle forma al verso y a la prosa”. La poesía de Mármol es
introspección profunda y transparente, donde la desilusión, el dolor y el
hastío, se van a expresar en contra de una vida dominada por los deseos vanos y
por una sociedad inmersa en la rutina y el adormecimiento, que nos aleja del
sendero de una conciencia crítica que sea capaz de aportar un legado profundo al
entorno social de su momento histórico.
Aunque
en Mármol influyeron diversas corrientes modernistas y posmodernistas, la
huella del pesimismo filosófico schopenhaueriano, muy difundido en la
intelectualidad hispanoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX, impregna
claramente la médula de su obra, y en este sentido, el dolor, el deseo, el
hastío y la desilusión siempre van a acompañar sus letras.
El
vínculo entre el universo poético de Mármol y la filosofía de Schopenhauer se
evidencia en varios ejes conceptuales: “El dolor como sustancia vital”; “El
«Querer-Vivir» como quimera”; “El deseo y el hastío como presencia constante en
la vida” y “La nostalgia del olvido y la desilusión junto a la presencia de la
muerte”.
Para
Schopenhauer, el dolor no es un accidente de la vida, sino su esencia misma:
existir es sufrir porque toda vida es deseo insatisfecho. Mármol asimila esta
premisa no como un mero artificio retórico, sino como una vivencia ontológica.
En sus versos, la angustia, el sufrimiento y el vacío no son estados pasajeros,
sino la condición inevitable de la existencia humana. El dolor schopenhaueriano
dejó de ser pura abstracción metafísica para transformarse en sus versos, en
una respuesta estética ante el desencanto de su propio momento histórico y sus
caídas personales.
En
la filosofía schopenhaueriana, el individuo está inmerso y atado a la Voluntad,
un impulso ciego que nos lleva a perseguir metas cuyo logro solo produce
aburrimiento o la aparición de un nuevo deseo. En muchos poemas de Mármol, se
percibe este mismo desencanto frente al esfuerzo humano:
• El afán inútil que lleva al hastío: El
poeta retrata la aspiración y el ideal de la sociedad como fuerzas ilusorias
que conducen invariablemente al «hastío» y al desencanto.
• El círculo
del deseo: La dialéctica entre la insatisfacción de no alcanzar la meta y el vacío
de conseguirla coincide con el célebre péndulo de Schopenhauer que oscila entre
el dolor y el aburrimiento.
Por
otro lado, el término del sufrimiento schopenhaueriano es el deseo insatisfecho,
que se supera a través de la negación de la voluntad de vivir (la calma, el
nirvana, la quietud absoluta). En la lírica de Mármol, la muerte y el olvido no
siempre aparecen con terror, sino con la serena resignación de quien busca el
cese del dolor. Varios de sus poemas reflejan esa búsqueda atormentada de la
verdad que desemboca en la desolación y el silencio.
En
el del corpus poético de Luis Enrique Mármol se puede percibir una profunda
presencia de la filosofía de Arthur Schopenhauer, que impregnó la atmósfera
intelectual del fin de siglo XX, junto a la de Nietzsche y a la lírica
posromántica o modernista. Mármol
tradujo este tejido filosófico en una sensibilidad trágica y profundamente
contemplativa, transformando el pesimismo alemán en una experiencia íntima e
hispanoamericana. Se puede decir que él logró convertir la filosofía en
atmósfera, temperamento y carne viva a través de sus palabras.
[1]
Paz Castillo, Fernando. Obras Completas. Los del dieciocho. Tomo V.
Caracas: Ediciones de la Casa de Bello, 1995. p. 287
[2]Schopenhauer, Arthur. El
amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Edicomunicación, S.A, 1998. p. 92
[3]Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Barcelona: Tusquets
Editores, 2006. p. 72
[4]Cfr. Maceiras Fafian, Manuel. Schopenhauer y Kierkegaard: Sentimiento y
pasión. Madrid: Editorial Cincel, 1985. p.92
[5]
Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación Vol.
II. Madrid: Fondo de Cultura, 2003
p.
446.
[6]Cfr. Caro, Hernán Darío. 2001. El origen de la necesidad metafísica del
hombre (una de las muchas pruebas que Schopenhauer nunca ofreció). Revista
Saga N⁰ 3.
Bogotá: Universidad Nacional [En www. saga. unal.
edu.co/etexts/pdf/saga3/caro.pdf], p.30
[7]Ibid., p.32
[8]Schopenhauer, Arthur. Metafísica de las costumbres, Madrid: Editorial Trotta, 2001. p. 10
[9]Cfr. Mora, Ferrater, Diccionario de filosofía. Barcelona:
Editorial Ariel, 2004. p. 3115
[10]
Mármol, Luis Enrique. Ver
Prólogo de Reyna Rivas. La locura del otro. Caracas: Monte Ávila Editores
Latinoamericana, 2007. P. VIII



