Frases del escritor

Filosofía clásica y existencial en torno a la Literatura... Un camino de reflexiones y letras para encontrarnos.
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sábado, 12 de septiembre de 2026

La poesía de Luis Enrique Mármol: Un ovillo que conduce al laberinto de Arthur Schopenhauer


 Luis Enrique Marmol


 

¡Ah, los muertos deseos! Nada ansío
de lo que el mundo ofrece ante mi vista:
aquello que mi alma no contrista
tan solo me produce amargo hastío.
 
(…) haz que sienta en mi espíritu moroso
primero la tormenta que el reposo,
primero que el hastío el… ¡el sufrimiento!
 
Julián del Casal

 

 

Un camino sembrado de dolor, deseo, hastío y desilusión, al estilo schopenhaueriano

 

La Generación del 18, o generación de 1918, constituye uno de los hitos fundamentales de la literatura venezolana. Es el nombre que se le otorgó a un grupo de poetas venezolanos de comienzos del Siglo XX que se reunían principalmente en los espacios universitarios de la época y en los tradicionales cafés caraqueños, y que va a actuar como un puente estético e ideológico entre el agotamiento de la corriente del Modernismo y el advenimiento del Vanguardismo. Vale resaltar que esta generación no es considerada un movimiento poético formal, ya que no poseen ningún manifiesto que los identifiquen, más bien son vistos como un grupo heterogéneo, donde muchos de sus miembros se consideraban románticos, postmodernistas, surrealistas o simbolistas. También se caracterizó por su negativa al positivismo, sistema de pensamiento al cual estaban afiliados muchos intelectuales de la época, y su rechazo a la dictadura gomecista, aunque no fue un movimiento político militante como pudo ser la generación del 28. En cuanto a lo estético, rechazaron la retórica estridente, los adjetivos recargados y el exotismo de un modernismo en decadencia.

Luis Enrique Mármol perteneció a esta generación, donde compartió con reverentes compañeros como Andrés Eloy Blanco, José António Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Antonio Arráiz, Enrique Bernardo Núñez, Enrique Planchart, Ramón Díaz Sánchez y Jacinto Fombona Pachano, entre otros.

Nuestro escritor nació en la Caracas de los techos rojos un 21 de agosto del año 1897, en la parroquia Santa Rosalía, ya en las postrimerías del siglo XIX. Hijo único del médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia Infante de Mármol. Cursó su educación primaria y secundaria en el Colegio de los Padres Franceses de Caracas y se graduó de bachiller en filosofía a la temprana edad de 15 años, un 27 de septiembre del año 1912. Cuatro días después, para sofocar las protestas estudiantiles ante la autocracia gomecista, que culminaron con la huelga decretada por la Asociación General de Estudiantes y el encarcelamiento de Leopoldo Ortega Lima, fundador de la Sociedad de Estudiantes de Derecho, el gobierno de Juan Vicente Gómez clausuró la Universidad Central de Venezuela, suceso que se extendió por diez años, hasta el 7 de julio de 1922.

Apenas dos años después de su graduación como bachiller, fallece su padre Luis Mármol, el 16 de febrero de 1914 en San Fernando de Apure, un suceso que va a profundizar aún más su natural temperamento melancólico, y su percepción sobre la finitud y la muerte.

Lejos de detenerse ante estos obstáculos, dedicó este largo período de inactividad académica a la creación literaria. Durante esos años escribió la mayor parte de su producción poética y colaboró activamente en la prensa nacional, publicando crónicas, poemas y textos humorísticos en diarios como el semanario Cultura, El Universal, El Nuevo Diario, El Heraldo, la revista semanal Fígaro, la revista Élite y como jefe de redacción del magacín semanal ilustrado Flirt. Tras la reapertura de la UCV, retomó sus estudios y obtuvo el título de Doctor en Ciencias Políticas. Su tesis de grado fue evaluada por un jurado de alto calibre intelectual que incluyó a su compañero de generación, el poeta José Antonio Ramos Sucre, además de Carlos Grisanti y Nicomedes Zuloaga.

Firmó sus escritos con variados seudónimos que alternaba: “Renato Molina”, “Kara-Keño”, “Luis Valenzuela”, “Cómodo Comodián”, “Gregorio Iturriza”, “L’enfant de Marbre”, “Cándido Pérez” y “LEM”.

Hacia el año 1915, cuando ya contaba 18 de edad, publicó una página de poemas en El Nuevo Diario. No eran los primeros que mostraba al público; pero sí los primeros que anunciaban ya el futuro de una clara reflexión ante la impermanencia de la vida y a la vez, de una marcada madurez existencial. Se perfilaba como un joven que podía ver el mundo de manera realista y profunda, como si fuera un hombre de edad avanzada. Uno de aquellos poemas se titulaba “Nuestro Señor el Tedio". Un término que le acompañaría por el resto de su carrera como escritor.

En este sentido, comenta Paz Castillo: “El tedio lo sigue como la sombra al caminante. Se esconde a sus pies en ciertas ocasiones, cuando se aumenta la luz que orienta su caminar angustiado, pero no desaparece”[1].

Diversos planteamientos sobre el hastío han sido realizados por muchos pensadores tanto en el mundo de la Filosofía como de la Literatura: Schopenhauer, Pascal, Kierkegaard, Adorno, Rousseau, Kant, Heidegger, Benjamín y Lars Svendsen, por mencionar algunos filósofos. Y en el mundo de la literatura se puede citar a Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Flaubert, Stendhal, Thomas Mann, Goethe, Beckett, Baudelaire, Leopardi, Proust, Byron, Eliot, Ibsen, Valery, Antonio Machado, Pessoa y Julián del Casal.

Al respecto del hastío, aclara Schopenhauer:

El aburrimiento no es un mal despreciable […] Él es quien hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí se busquen, sin embargo, unos a otros tan locamente: es la fuente del instinto social. El Estado lo considera como una calamidad pública, y por prudencia toma medidas para combatirlo, vigilando que todo el mundo tenga un trabajo obligatorio.[2]

Así mismo, el filósofo noruego Lars Svendsen, en su libro Filosofía del tedio, comenta al respecto: “El ser humano tiene necesidades que determinan bien la naturaleza, bien la sociedad, bien la fuerza de la imaginación. Cuando los objetivos no se ven cumplidos, nos vemos abocados al sufrimiento; cuando los alcanzamos, obtenemos el tedio como resultado”[3].

En 1924, Mármol publica los Pastiches criollos, un pequeño folleto con apenas 54 páginas, con el estilo irónico, lúdico y humorístico, contrapuesto al de sus otros poemas; donde muestra una cara distinta de su obra poética. Según expresa Pedro Emilio Coll en la carta-prólogo del mencionado libro: es "... la mejor crítica que tenemos de nuestro tiempo...". Mármol pasaba aquí revista a los registros estilísticos y temáticos de sus contemporáneos, para ofrecer al público lector una serie de recreaciones (o "pastiches") que, a la vez, servía de pretexto para mostrar su genio, agudeza y versatilidad en el mundo de las letras. Va a hacer alarde aquí de su capacidad para emular distintos universos literarios, basados en la riqueza estilística y lírica de estos escritores. En realidad, él fue un escritor que conocía el beneficio del buen humor para el llevar la vida con buen talante, a pesar de las adversidades que nos presenta contantemente.

El poemario La locura del otro se publica post mortem. En este libro se puede observar un manifiesto de su vida, una visión introspectiva y hasta un halo premonitorio sobre su muerte prematura. Es una poesía con tilde trascendente, donde la finitud de la existencia y la inevitable partida pueden producir un profundo hastío ante el vacío y la rutina de la vida cotidiana. Es un sentirse extraño o “extranjero” en un mundo superficial que poco entiende la sensibilidad y la profundidad con que un poeta puede vivir su proceso existencial-literario.

En el poema “El extranjero” se expresa de esta manera:

Gulliver contemplaba como a sus pies hervía

en torpes ansias sórdidas la ciudad trepidante.

Odio, injusticias, crímenes… y Gulliver sentía

el orgullo de ser gigante!

 

Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa

que los liliputienses llamaban la montaña…

A sus pies descansaba la ciudad bulliciosa

de Liliput ─romántica, luminosa y extraña!

Abríanse en la sombra trémulas luces de oro;

luz en palacio, en la cabaña, claridad…

 

 

Luis Enrique Mármol se encuentra en sus poemas con la otredad, con aquel “Otro” que vive en nuestras entrañas y que muchas veces nos habla, pero no lo escuchamos. Es como ver su mundo interior a través de una pequeña ventana que va a mostrarle sus sombras, en el buen sentido jungiano. A veces ese otro funge como juez, como amigo confidente, como conciencia de ser y juntos recolectan sueños, divagan, reflexionan, padecen y cuestionan el Sentido de la existencia.

Aunque no se haya encontrado ninguna evidencia bibliográfica que indique que Mármol estudió directamente a Arthur Schopenhauer, sus escritos se encuentran marcados por su rúbrica. Los temas que trata con mayor énfasis, como son la muerte, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión, son indicios de la influencia de la filosofía schopenhaueriana en su obra. Recordemos que nuestro escritor se gradúa de bachiller en filosofía y es muy posible que en algún momento se haya encontrado con este pensador. También pudo haberse topado con escritores que estaban influenciados por este filósofo como es el caso del poeta cubano Julián del Casal, quien para la época tenía mucho renombre. O de pronto pudo haber caminado los derroteros de Giacomo Leopardi, un poeta pesimista que la enfermedad lo llevó a comprender, en carne propia, la fragilidad de la vida y la relación entre el hastío, el dolor y el deseo, un paralelismo total con el filósofo de Danzig.

En el año 1919 Mármol escribe Canto del desencanto, un poema donde se puede percibir el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión en el poeta. Una marca ineludible de Schopenhauer:

 

Ha tiempo que hizo presa de mí lo ineludible…

Otrora fuera mi alma recia fecundidad,

impulso y vibración creadora… Hoy un terrible

tedio, un marasmo estéril, suspéndase invencible

sobre mi vida absurda, gris, sin finalidad!

 

Con mi sed de improviso presentí el mundo exiguo;

palpita en mi ser todo el vigor antiguo;

dije: ‒Ornará mis sienes olímpica guirnalda.

Si me es hostil la vida, la domaré. violento!...

Mi alma fue un haz de impulsos de combatir… y siento

desde entonces el dolor de una herida en la espalda!

 

Vulgares contratiempos, obstáculos pigmeos,

mil dolores triviales, mil mezquinos deseos

‒indolencia, fastidio, vicio, impureza‒, oscuros

buitres, me devoraron mis Sueños-Prometeos,

de entrañas palpitantes de milagros futuros!

 

Cavilante fulgor de mis tinieblas brota

‒noble palidez pobre cual estrella remota,

‒sonda de luz que indaga la hondura del abismo…

Es así como me siento entre la sombra ignota

tu trémula presencia, oh! jirón de idealismo

que ondeas, triste, sobre mi entusiasmo en derrota!

 

 

En la columna de su pensamiento filosófico, Schopenhauer explica que la vida oscila en un movimiento pendular entre el dolor (Schemerz) y el hastío (Langeweile)[4]. Con cada deseo satisfecho brota la figura del tedio y entonces emerge un nuevo deseo, pero si este no es saciado viene el inevitable sufrimiento. En ese ciclo interminable se sumergen las personas de este mundo, y forman así una especie de círculo vicioso del cual es muy difícil escapar. Para Schopenhauer solamente hay tres posibles maneras de salir: la primera es a través de la muerte, pero este es un acto ficticio ya que con esta decisión el suicida lo que quiere es escapar del sufrimiento que le produce esta vida, pero no de la voluntad y su deseo insaciable, que es la causa originaria de dicho dolor. Por tal motivo, la naturaleza simplemente continuará colocando otros individuos en el puesto de este para continuar su tarea. La segunda forma es a través de la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado y en especial de la música, pero este acto es temporal, ya que solamente distrae por un instante y luego se vuelve a caer en el mismo estado. Y la tercera forma de romper con esta ilusión es mediante el trabajo que lleva a cabo el asceta o místico, que logra penetrar en las profundidades de su mente y despertar del ensueño que produce este mundo ilusorio; en sí, aniquilar a la voluntad de vivir y lograr así la disolución del falso yo.

En el año 1923, nuestro poeta redacta el poema “Canto de exaltación”, donde manifiesta nuevamente estos conceptos:

 

Hombre risueño o triste, o sereno, triunfante

¡O desilusionado, eres mi semejante!

Tú que sufres profunda pena ¿quizá creíste

que tu pena es la pena más intensa que existe?

Tú, a quien extraño júbilo maravilloso exalta

¿pensaste que tu dicha es la dicha más alta?

Tú, lleno de premiosas inquietudes, que vas

en línea recta, ¿ignora que nunca llegarás?

Tú, que en reposo sueñas y sueñas, noche y día

¿juzgaste que eras dueño de la sabiduría?

Triunfador imperioso, soberbio de desdenes

¿En dónde está la realidad de lo que tienes?

Vencido al que la vida fue terrible madrastra,

¡Piensas estar inmóvil… y la vida te arrastra! […]

 

***

 

¡A ratos estoy triste, siniestramente triste!

Un halo gris las formas y las ideas viste,

y un cansancio impreciso me invade, sordo y blando:

es el dolor de todo lo que vamos dejando;

el hastío de lo que vamos poseyendo;

la nostalgia de cuanto se ha ido destruyendo;

el anhelo obsediante de lo que no alcanzamos

nunca… el remordimiento de que desdeñamos…

Los ojos de una bella mujer desconocida

que nunca más encontraremos en la vida!

El ocaso que sobre la ciudad apiñada

se inviste de una gracia dulce y desesperada!

 

 

            En el año 1920 publica el poema “Es el siglo”, donde va a realizar una crítica fuerte al crecimiento acelerado de la sociedad que venía acompañado del deterioro social y moral que presagiaba el siglo XX. En estos versos se va a apoyar en John Milton y su poema: Paraíso perdido, para referirse al a los vientos malignos que se avecinan. Desde luego ya había visto la malignidad de la primera guerra mundial y, aunque no llegó a ver la segunda, entendió que en el fondo estas confrontaciones mundiales de hombres contra hombre no son más que el producto de la manifestación de sus bajos instintos: del egoísmo, la ambición y la sed de poder, detrás de los cuales se esconden el deseo, el hastío, el dolor y la desilusión:

 

En el siglo doliente y sórdido

de los grandes proyectos tardíos,

es la edad de los Remordimientos,

¡El imperio del ─Quién lo hubiera sabido!

Mucho vigor estéril, mucho esfuerzo frustrado,

son el solo legado de pretéritos siglos…

¡qué muchos de nosotros, ya cansados, vayamos

irremediablemente hacia el hastío!

 

Todo conspira contra los hombres: el deseo,

Lo imposible, la desigualdad, el equilibrio,

la amargura, lo frustrado y lo logrado,

ese implacable heraldo del fastidio!

 

 

Otro tema fundamental que va a ser reiterativo en la obra de nuestro escritor es el de la muerte, que para Schopenhauer es “el auténtico genio inspirador, el musageta de la filosofía”.[5]

Según afirma Schopenhauer, a excepción del ser humano, ningún ser vivo se asombra de su propia existencia. Y aclara que su asombro es aún mayor cuando se topa con la muerte y percibe su finitud, entiende de esta manera que todo esfuerzo es vano para evitar este fin. El efecto que esto genera en el hombre es de un profundo temor a saber que tarde o temprano tendrá que enfrentar este hecho; es decir, el horroris mortis, que va ligado a su vez con el llamado instinto de conservación.[6] La esencia, el fondo que moviliza este mundo, es el impulso a la vida, el vehemente deseo de vivir, y aclara Hernan Caro: “Existe horror a la muerte porque la esencia del hombre es la voluntad de vivir, el deseo de no cesar, o como diría Unamuno, el ansia de inmortalidad”[7].

En el año 1919 escribe el poema Todos iban, un poema donde va a reflexionar sobre la muerte y el impacto que produce en el enlutado, él se cruza por la etapa de Duelo, a diferencia de los que viven en la carrera cotidiana y superficial de la vida:

 

Todos iban desorientados:

perseguían un objeto próximo;

unos iban a su trabajo,

otros al trabajo de los otros…

 

Los ojos errantes y vagos,

hacia la mancha de los pinos

cruzó indolente un enlutado…

‒A dónde vas?

            ‒No sé ‒me dijo.

Todos iban desorientados,

y el enlutado hacia sí mismo!

 

 

 En el mismo año escribe Mármol el poema Iluso Ayer. Otro escrito cargado de sufrimiento, hastío y dolor, para culminar refiriéndose a la muerte:

 

Iluso ayer, yo dije de la vida y su encanto;

la vida, ayer engaño, hoy penoso deber.

Ya no me queda nada y por lo tanto

no tengo nada que temer!

Vida, dame la estúpida serenidad de un santo

¡O vuélveme mis locas inquietudes de ayer!

 

Y la Verdad, glotona de sueños insaciables:

─Pobre espíritu enjuto, pobre carne maleable,

alucinada de amor y de luz,

encontrarás el tedio en todo lo invariable,

el dolor del anhelo en lo inestable,

¡y hasta después de muerto soportarás tu cruz!

 

           

Arthur Schopenhauer define a la muerte como una especie de sueño profundo en el que desaparece la percepción individual y todo lo demás despierta: “La muerte es un sueño en el cual queda olvidada la individualidad; todo lo demás despierta o, por mejor decir, permanece en vigilia”[8]. Pero esta inquietud, este saber que la inevitable partida acompañará al individuo durante toda su vida, es algo intrínseco de la conciencia humana. Un detonante inspirador que se ha manifestado también dentro del mundo de la literatura: el cuento, la novela y la poesía han servido de receptáculo al torrencial expresivo que genera la muerte, tanto por su aceptación o rechazo. Escritores como Víctor Hugo, Giacomo Leopardi, William Shakespeare, Geoffrey Chaucer, Emily Bronté, Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Horacio Silvestre Quiroga, Mario Benedetti, Octavio Paz y Gabriel García Márquez han tenido una influencia significativa en esta temática. También es importante resaltar que el romanticismo fue muy influenciado por este tema. Un movimiento cultural en el que se sostuvo el primado de la intuición y el sentimiento sobre la razón; lo imprevisible sobre lo previsible; lo multiforme ante lo uniforme; lo oculto ante lo presente; lo sublime más que lo bello; lo aristocrático más que lo burgués; lo colectivo ante lo individual; lo interno más que lo externo y lo dramático más que lo apacible[9].

            Luis Enrique Mármol falleció en la ciudad de Valencia, Venezuela, el 17 de septiembre de 1926, a la corta edad de 29 años, cuando estaba en apogeo de su pensamiento y de la producción de ideas. Meses antes había sufrido un accidente automovilístico del cual nunca llegó a recuperarse. Veinte años después de su muerte, sus restos fueron llevados al Cementerio General del Sur, donde reposan hoy. Antonio Arráiz, en unas palabras de duelo ante su muerte, comentó que él había amado como alucinado de las cosas grandiosas de este mundo: el triunfo, el heroísmo y la belleza. “No tuvo tiempo de desilusionarse”[10].

 

En esta ocasión voy a disentir de las palabras de Antonio Arráiz y me permitiré decir que Luis Enrique Mármol si llegó a desilusionarse, y mucho. Esto fue algo que mostró con maestría en sus poemas. Una poesía sincera que emerge de lo más profundo del alma. Una vez escribí que “la poesía es el canal que utiliza el poeta para poder expresar lo concebido por el espíritu, en otras palabras, es expresión interna y para lograr este objetivo hay que excavar en nuestras entrañas para que aflore un nuevo mundo donde la imaginación y la realidad se conjuguen para darle forma al verso y a la prosa”. La poesía de Mármol es introspección profunda y transparente, donde la desilusión, el dolor y el hastío, se van a expresar en contra de una vida dominada por los deseos vanos y por una sociedad inmersa en la rutina y el adormecimiento, que nos aleja del sendero de una conciencia crítica que sea capaz de aportar un legado profundo al entorno social de su momento histórico.

 

Aunque en Mármol influyeron diversas corrientes modernistas y posmodernistas, la huella del pesimismo filosófico schopenhaueriano, muy difundido en la intelectualidad hispanoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX, impregna claramente la médula de su obra, y en este sentido, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión siempre van a acompañar sus letras.

El vínculo entre el universo poético de Mármol y la filosofía de Schopenhauer se evidencia en varios ejes conceptuales:El dolor como sustancia vital”; “El «Querer-Vivir» como quimera”; “El deseo y el hastío como presencia constante en la vida” y “La nostalgia del olvido y la desilusión junto a la presencia de la muerte”.

Para Schopenhauer, el dolor no es un accidente de la vida, sino su esencia misma: existir es sufrir porque toda vida es deseo insatisfecho. Mármol asimila esta premisa no como un mero artificio retórico, sino como una vivencia ontológica. En sus versos, la angustia, el sufrimiento y el vacío no son estados pasajeros, sino la condición inevitable de la existencia humana. El dolor schopenhaueriano dejó de ser pura abstracción metafísica para transformarse en sus versos, en una respuesta estética ante el desencanto de su propio momento histórico y sus caídas personales.

En la filosofía schopenhaueriana, el individuo está inmerso y atado a la Voluntad, un impulso ciego que nos lleva a perseguir metas cuyo logro solo produce aburrimiento o la aparición de un nuevo deseo. En muchos poemas de Mármol, se percibe este mismo desencanto frente al esfuerzo humano:

   • El afán inútil que lleva al hastío: El poeta retrata la aspiración y el ideal de la sociedad como fuerzas ilusorias que conducen invariablemente al «hastío» y al desencanto.

   • El círculo del deseo: La dialéctica entre la insatisfacción de no alcanzar la meta y el vacío de conseguirla coincide con el célebre péndulo de Schopenhauer que oscila entre el dolor y el aburrimiento.

Por otro lado, el término del sufrimiento schopenhaueriano es el deseo insatisfecho, que se supera a través de la negación de la voluntad de vivir (la calma, el nirvana, la quietud absoluta). En la lírica de Mármol, la muerte y el olvido no siempre aparecen con terror, sino con la serena resignación de quien busca el cese del dolor. Varios de sus poemas reflejan esa búsqueda atormentada de la verdad que desemboca en la desolación y el silencio.

En el del corpus poético de Luis Enrique Mármol se puede percibir una profunda presencia de la filosofía de Arthur Schopenhauer, que impregnó la atmósfera intelectual del fin de siglo XX, junto a la de Nietzsche y a la lírica posromántica o modernista. Mármol tradujo este tejido filosófico en una sensibilidad trágica y profundamente contemplativa, transformando el pesimismo alemán en una experiencia íntima e hispanoamericana. Se puede decir que él logró convertir la filosofía en atmósfera, temperamento y carne viva a través de sus palabras.



[1] Paz Castillo, Fernando. Obras Completas. Los del dieciocho. Tomo V. Caracas: Ediciones de la Casa de Bello, 1995. p. 287

[2]Schopenhauer, Arthur.  El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Edicomunicación, S.A, 1998. p. 92

[3]Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Barcelona: Tusquets Editores, 2006. p. 72

[4]Cfr. Maceiras Fafian, Manuel. Schopenhauer y Kierkegaard: Sentimiento y pasión. Madrid: Editorial Cincel, 1985. p.92

[5] Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación Vol. II. Madrid: Fondo de Cultura, 2003

p. 446.

[6]Cfr. Caro, Hernán Darío. 2001. El origen de la necesidad metafísica del hombre (una de las muchas pruebas que Schopenhauer nunca ofreció). Revista Saga N 3. Bogotá: Universidad Nacional [En www. saga. unal. edu.co/etexts/pdf/saga3/caro.pdf], p.30

[7]Ibid., p.32

[8]Schopenhauer, Arthur. Metafísica de las costumbres, Madrid: Editorial Trotta, 2001. p. 10

[9]Cfr. Mora, Ferrater, Diccionario de filosofía. Barcelona: Editorial Ariel, 2004. p. 3115

[10] Mármol, Luis Enrique. Ver Prólogo de Reyna Rivas. La locura del otro. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2007. P. VIII

martes, 25 de agosto de 2026

PODCAST: TESTIGOS DEL TIEMPO ¿QUÉ HACER CUANDO TODO SE ROMPE?

 


PARTE IV: ¿Qué hacer cuando todo se rompe?


Conversaciones: Monja budista Kelsang Chojung

Vivimos en un mundo acelerado, lleno de adversidades, ruido exterior y, sobre todo, de ruido mental. Buscamos respuestas afuera, cuando la verdadera calma habita en el silencio interior.

​En esta serie de episodios, nos detenemos un momento para escuchar la conversación del escritor Ernesto Marrero con la monja budista Kelsang Chojung.

Acompáñanos en este viaje a través de la meditación, la filosofía de la mente, el autoconocimiento y la búsqueda de una paz interior en medio del caos cotidiano.

Poema: Al final de todo


 

Comparto mi Poema: "Al final de todo", de mi libro "El tiempo y su legado".

"Mi religión es vivir y morir sin arrepentimientos"... Milarepa

Declamación: Ernesto Marrero Ramírez 

Videos: pexels.com/videos Música: leberch-inspiring-580856, de pixabay.com

Edición de video: Mónica Guerra


domingo, 23 de agosto de 2026

Un testimonio que cruza las fronteras del mundo material

 Por: Ernesto Marrero R.


"Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre." 

 Mahatma Gandhi


                        



A continuación les comparto mi artículo: Un testimonio que cruza las fronteras del mundo material, publicado en la revista española Letras de Parnaso, correspondiente a la sección: Venezuela: Crónicas de una tragedia.


    Nos reunimos en aquella pequeña cafetería de Las Mercedes, en Caracas, donde el aroma del grano recién molido intentaba, en vano, disipar la nubosidad de la tarde. Jackson se sentó frente a mí, vistiendo aún con esa dignidad austera que caracteriza a muchos de los funcionarios de Defensa Civil, esas personas que están dispuestas a servir de corazón para rescatar al prójimo, simplemente porque su conciencia así lo indica. 

    Tras nuestro primer encuentro en el Hospital J.M. de los Ríos, este café prometía ser un encuentro para escuchar esas historias heroicas donde nuevas personas fueron rescatadas de los escombros, luego del fatídico doble cataclismo que oscureció a Venezuela. Pero la mirada de Jackson traía consigo un peso distinto, una misteriosa carga suspendida en la frontera entre lo físico y lo invisible.

    —Muchas de las tragedias en La Guaira no solo fracturan la tierra —me dijo, deslizando los dedos por el borde de su taza humeante—. También rasgan el velo ilusorio de lo que entendemos por realidad.

    Entonces me narró dos historias que recorrían los escombros como una brisa colectiva, confirmadas por varios rescatistas en el terreno: 

    La primera ocurrió durante las labores de salvamento en los sectores más devastados por el doble terremoto, específicamente en Coral Beach. El "Topo Mayor", Héctor Méndez González, un curtido especialista de los Topos Aztecas, grupo voluntario dedicado a la faena de cavar túneles entre las ruinas para rescatar a personas atrapadas. Allí se topó con un abismo que no figuraba en ningún plano estructural.

    En la penumbra de un pasaje estrecho, donde la tierra olía a cal y a tiempo detenido, el topo encontró a una mujer. Ella le hablaba con una lucidez desgarradora y angustiante, llorando amargamente mientras le relataba cómo una pared se le había venido encima. Lo desconcertante no era su relato, sino su inconsciencia: ella no sabía que había muerto. Hablaba desde la cadena de la existencia, atrapada en el instante preciso de su colapso. Tras de ella, sumido en una penumbra aún más densa, se erguía la figura de su esposo, quien la observaba en un silencio impregnado de una tristeza infinita, sin dejar de llorar. Ambos eran almas en pena, espectros suspendidos en el dolor de una transición aún no asumida. Cuando el Topo averiguó sobre esta pareja, le dijeron que ellos habían vivido en el noveno piso.

    —Lo que más estremeció al Topo continuó Jackson, con la voz temblorosa y cargada de un profundo asombro— no fue el encuentro paranormal en sí, sino la tremenda fragilidad de nuestra condición mortal. Esas almas vagaban porque la muerte las sorprendió sin aviso, aferradas a una cotidianidad material que se esfumó en un segundo, algo que le puede pasar a cualquiera.


                    
Fotografía: Valentina Moncada

    El segundo relato corresponde al de un bombero, que me pidió que no comentara su nombre, lo consideraba una persona seria y muy comprometida, y habíamos realizado otro rescate juntos. Ya en la noche, mientras descansábamos un rato de una dura jornada, me contó algo que me erizó la piel. Él y sus compañeros llegaron al sector de las Quince Letras. Derrumbes, escombros, desolación y dolor cubrían la atmosfera de todo el ambiente. Allí se encontraba un señor preocupado y sumido en la angustia, que al verlos les suplicó que le ayudaran a sacar a su hija. La niña le gritaba con desesperación que la sacaran de ese oscuro lugar. Estaba sepultada en un edificio de seis pisos reducido a tres. Comenzaron la labor de rescate y contactaron con una niña de 4 años llamada Sofía, que decía estar atrapada debajo de una viga. Comenzaron a picar piedras y a apartar escombros con desesperación. Ya con sus manos llenas de ampollas y sangre, lograron ver la manito de la niña, y esto les dio más fuerza para seguir excavando. Pero, cuando llegaron hasta Sofía, ella ya llevaba más de 24 horas de haber fallecido, tenía una gran viga sobre su abdomen, con sus vísceras expuestas. Su pregunta fue inquietante y escalofriante Ernesto. —¿A quién escuchamos entonces? ¿con quién habíamos hablado mientras luchábamos para encontrar su cuerpecito? Me dice que esa noche en el campamento el silencio, el miedo y la reflexión fueron totales.

    Después de que Jackson se marchara de aquel cafetín, me quedé sumergido en una inevitable reflexión filosófica sobre nuestra propia finitud. La muerte, esa certeza inexorable a la que con frecuencia le damos la espalda, nos acecha como un hecho absoluto, inevitable. Pero vivimos bajo la ilusión de la permanencia, construyendo certezas sobre cimientos de lodo, pensando que las desgracias y la muerte solo les llega a los demás y no a nosotros, y cuando el fin nos aborda este momento sin preparación, el tránsito se convierte en una agonía prolongada por la incomprensión de nuestra naturaleza impermanente y, peor aún, cuando dejamos nuestro cuerpo seguimos apegados a este mundo sin aceptar el nuevo estado inmaterial.

    Estamos de paso. La vida es un destello breve entre dos inmensidades inescrutables, el antes y el después. Esas almas suspendidas en las ruinas de La Guaira nos recuerdan que no podemos permitirnos el lujo de transitar la vida a la ligera, arrastrados como hojas a merced del viento. La única defensa ante la brevedad de nuestra existencia es el autoconocimiento y la profundidad de nuestras acciones: sembrar lo mejor de nosotros cada día sin esperar reconocimientos, cultivar la virtud, el altruismo, tomar conciencia y evolucionar internamente. Porque solo quien ha mirado hacia su interior y ha vivido con propósito puede aceptar su partida cuando el suelo, inevitablemente, ceda bajo sus pies.


Ernesto Marrero Ramírez

Corresponsal para Venezuela de la revista Letras de Parnaso

 

sábado, 22 de agosto de 2026

Un juego de azar



 

Les comparto "Un juego de azar"©. Balada Rock. Una pieza musical cuya letra nace de mi poema "El juego de la vida". Esta obra forma parte de mi libro "Fragmentos de impermanencia", editado en 2024 por Ediciones Alta Esfera y el Círculo de Escritores de Venezuela. En esta ocasión, la Interpretación y Música cobran vida gracias a la tecnología de Suno AI. Los videos se obtuvieron de Pexels.com y la Edición fue realizada por Mónica Guerra.


Poema: Tiempo, oasis de conciencia


Vivir es sostener el fuego que consume nuestra existencia.

El pulso en la muñeca es reloj de carne,

río de arena roja que no acepta retornos.

Entre la luz del amanecer y la fosa del ocaso

no hay murallas de piedra ni océanos insondables:

solo existe una delgada línea de instantes,

un hilo entretejido de experiencias que nutren la Conciencia

 

Caminamos por el mundo como reyes ciegos

gastando el oro de los años en monedas de humo,

y olvidando que el tiempo no se posee, se custodia.

Solo somos náufragos en una balsa

que navega hacia la isla oculta de nuestro Ser


Evolucionar no es acumular otoños en la piel

sino despojar al alma de sus vendajes.

Es mirar el tallo que nace en una grieta, ser ese tallo...

Comprender que el tiempo es semilla que germina,

Oasis sagrado para despertar de nuestro sueño

antes de que Hades reclame su territorio

 

Reconocer a Cronos no es frenar el paso de las horas,

es moldear el barro del presente con manos conscientes.

Es saber que la muerte solo espera a que los minutos se agoten

mientras la vida nos exige contemplar, reflexionar y florecer

en el breve tiempo que poseemos...

                Apenas un parpadeo del ojo de Dios

 

jueves, 20 de agosto de 2026


 

Comparto mi Poema: "Un día sin poema", de mi libro "Fragmentos de impermanencia".

"Cuando pensamos que un poema nos ha abandonado, él puede aparecer de manera misteriosa."

 

Declamación: Ernesto Marrero Ramírez

Videos: pexels.com/videos

Música: playlistsons-poetic-376759, de pixabay.com

Edición de video: Mónica Guerra