Desde Letras de Parnaso queremos anunciar el nacimiento de
una nueva iniciativa editorial, Crónica de una tragedia, dedicada a Venezuela:
"Venezuela: Crónica de una tragedia".
A través de la Corresponsalía de Venezuela y de la mano de su coordinador Ernesto Marrero, recientemente incorporado, ve la luz esta nueva iniciativa que nace de la convicción de que hay realidades que exigen algo más que una mirada fugaz, algo más que un titular apresurado, algo más que una opinión lanzada al paso. Exigen detenerse, escuchar, recoger, ordenar y dejar constancia, siendo desde esa voluntad que tu revista amiga abre este espacio para ir reuniendo, semana a semana (todos los viernes), textos (artículos) que ayuden a contar la tragedia venezolana desde su dimensión más profundamente humana, moral y cultural.
La naturaleza es el único testigo que no sabe mentir, pero cuando habla, lo hace con una potencia que calcina las palabras y ensombrece la visión. Venezuela, ese suelo que ya guardaba el eco amargo del deslave de Vargas, el caos político de tantos años y sus nefastas consecuencias, la crisis globalizada de una cruel pandemia que doblegó al mundo y un bombardeo que sorprendió la noche de Caracas, recibe ahora un golpe de brutalidad telúrica: dos terremotos consecutivos que han dejado al país sumido en una devastación física y emocional sin precedentes. No se trata solo del derrumbe de infraestructuras, sino del colapso absoluto de la cotidianidad de miles de venezolanos que hoy enfrentan la pérdida de sus familias, viviendas, negocios y de su integridad corpórea a través de la mutilación física o psicológica, sucesos que obligan a clamar por un sentido que reoriente sus vidas nuevamente.
Fueron dos bramidos profundos, subterráneos, los que en pocos
segundos desmantelaron el frágil escenario de un día cualquiera, uno de
magnitud 7.2 y otro de 7.5. Personas que abrazaban la vida quedaron sepultadas
o despojadas de un familiar, un amigo o de un sueño. Cuando el polvo finalmente
se asentó, no quedó más que el silencio espeso de una catástrofe y la mirada
perdida de un pueblo que se descubre, de la noche a la mañana, habitando el
vacío absoluto. ¿Cómo regresar a la vida cuando el mapa de tu existencia ha
desaparecido? ¿Cómo se respira cuando el pecho está lleno de cenizas, lágrimas
y fantasmas?
Ante una tragedia que desgarra la carne y el sentido, la
respuesta no puede ser el frío análisis intelectual ni el consuelo superfluo de
un optimismo burdo. Hay dolores que exigen ser habitados con una dignidad bravía.
Cuando ya no queda nada afuera, el ser humano se ve obligado a mirar hacia ese
único territorio que ninguna catástrofe puede agrietar: la trinchera de su Ser.
Para levantarse de las ruinas de este presente, es necesario tejer un hilo de
Ariadna, invisible pero indestructible, que traslade al dolor hacia la
liberación de este laberinto, transformando la oscuridad de la pérdida en el
amanecer de una nueva forma de habitar el mundo.
Estas letras proponen un sendero de resistencia y
reconstrucción humana para el pueblo venezolano, sustentado en un tejido
conceptual de cuatro pilares filosóficos: las situaciones límite de Karl Jaspers, la Logoterapia de Viktor Frankl, la
dicotomía del control y la ciudadela interna del Estoicismo griego y la
doctrina de la impermanencia budista.
Venezuela encarna de manera clara lo que el filósofo
existencialista Karl Jaspers denominó una “Situación límite”. Para él, los
seres humanos flotamos habitualmente en un mar de ocupaciones mundanas y
seguridades ficticias que nos sumergen en una especie de adormecimiento. Sin
embargo, de forma inevitable, tropezamos con muros inamovibles constituidos por
el sufrimiento, la culpa, el azar y la muerte. Este terremoto rasgó de golpe la
bruma de lo cotidiano y arrojó a las personas a una confrontación directa con
la finitud de la existencia. Al romperse la estructura que nos sostenía, cae también
la imagen ilusoria de lo que creíamos ser. En el fondo de ese despojo absoluto,
descalzos ante la temporalidad, emerge la verdad más pura de nuestra condición:
la conciencia de una fuerza íntima, desnuda y soberana que sobrevive a los
escombros: “la existencia auténtica”.
La resiliencia comienza cuando nos atrevemos a mirar el
abismo de frente, a llorar sobre las piedras caídas y aceptar el naufragio, no
como un destino final, sino como una revelación. Intentar esquivar el golpe,
fingir que el fuego del vacío no quema o buscar una explicación lógica al azote
del azar es prolongar la agonía.
Es desde esa sinceridad donde cobra fuerza la voz de Viktor
Frankl, recordándonos que, en “los campos de concentración de la vida”, donde
al hombre se le arrebata la patria, el hogar, la familia y hasta la integridad
de su propio cuerpo, permanece intacta la última de las libertades humana: la
elección de la propia percepción sobre las adversidades de este mundo.
Un terremoto destruye la soberanía externa, pero no puede
legislar sobre la soberanía del alma. El sentido no se encuentra en la
tragedia, sino en la respuesta que le damos. El camino hacia adelante exige que
el sobreviviente inyecte un “para qué” a su respiración. Sobrevivir con un
cuerpo transformado por los golpes, sostener la mano de un huérfano, acompañar
a un herido o levantar una pared con el único brazo que queda, son actos de una
belleza monumental. Quien encuentra un “porqué” para resistir, descubre que sus
cicatrices ya no son marcas de derrota, sino cimientos de su propia
trascendencia. Ya lo decía el propio Frankl en su libro El hombre en
búsqueda de sentido: “El talante con el que un hombre acepta su ineludible
destino y todo el sufrimiento que le acompaña, la forma en que carga con su
cruz, le ofrece una singular oportunidad –incluso bajo las circunstancias más
adversas– para dotar su vida de un sentido más profundo”.
Para sostener esa postura ante un infortunio, los antiguos
estoicos nos legaron la arquitectura de la “ciudadela interna”: no un refugio
para escondernos del caos exterior, sino una fortaleza mental para observarlo
con claridad. Ellos nos enseñaron a trazar una línea implacable entre lo que el
destino nos depara y nuestra capacidad de elegir cómo responder. El sismo, el derrumbe,
el ayer que se llevó tantas vidas, pertenecen a la corriente incontrolable del
universo. Pelear mentalmente con esos segundos en que la tierra tembló es un
delirio que agota las pocas fuerzas que nos quedan. La libertad estoica no es
indiferencia; es presencia absoluta en el único instante que poseemos: “el aquí
y el ahora”. El suelo ya se movió, el evento es neutro, fuera de nuestro
control. Solo queda levantarse y restaurar el orden de nuestra razón. La
pregunta que salva no mira al pasado con reproche sino con aceptación, y al
presente con el ímpetu del náufrago que decide actuar: ¿qué me exigen hacer la
virtud, la justicia y el deber en este preciso momento, con lo mucho o poco que
me ha quedado?
Esta quietud interior se ilumina cuando comprendemos la
enseñanza budista de la “impermanencia” (Anicca); porque nada en este mundo
está hecho para durar, los soles se apagan, las montañas se desgastan, las ciudades
y los cuerpos se transforman. El sufrimiento humano se vuelve intolerable
cuando nos aferramos a las formas exigiéndoles que no cambien. Frente a la
herida de la pérdida, Buda nos advierte sobre las dos flechas. La primera es el
dolor inevitable de la tragedia: el golpe del concreto, el llanto por el
familiar que fallece, la frustración por el miembro amputado. Negar esa flecha
sería deshumanizarnos. Pero la segunda flecha es la que nos lanzamos nosotros
mismos a través del resentimiento, la culpa y la resistencia a aceptar que el
mundo ha cambiado. Esa es la que transforma el dolor natural en un “sufrimiento
estéril” (Dukkha).
Al abrazar el flujo constante de la vida y aceptar la
realidad, desarmamos la segunda flecha y entendemos que, si bien todo lo
hermoso puede transformarse en cenizas en un instante, de igual manera la
devastación y las ruinas no van a permanecer por siempre. La impermanencia, que
hoy se vistió de herida, mañana se vestirá de reconstrucción. Además, al caer
los muros de cemento, caen también los muros del ego y nace el destello de la compasión.
Al descubrir que el dolor del vecino es mi propio dolor, la resiliencia deja de
ser un esfuerzo solitario y se convierte en un milagro colectivo.
Superar esta desgracia en Venezuela no significa olvidar el
trauma ni pretender que la vida volverá a ser la misma. Significa tener el
coraje de fundar una nueva existencia sobre las grietas del pasado. Los cuatro
pilares del pensamiento que revisamos, no son teorías para debatir en un aula;
son antorchas para encender en mitad de la oscura noche. Nos dicen que somos
vulnerables ante los embates de la naturaleza, pero invencibles en nuestra
libertad de elegir cómo responder ante ella.
El sendero de la vida se camina paso a paso, con el cuerpo
que nos ha quedado, honrando a los que ya no caminan a nuestro lado y
recibiendo a los nuevos viajeros que vienen a acompañarnos. Continuar el camino
no es un acto de olvido, sino de “transmutación existencial”.
El venezolano no se reconstruirá simplemente con nuevas
edificaciones, sino conociendo el santuario de la virtud y la riqueza de su mundo
interior. Cuando un ciudadano comparte su ración de pan en medio del desastre,
cuando una mirada cansada encuentra un propósito para levantarse al alba, cada
vez que aceptamos los Misterios de la vida y avanzamos con Propósito, mostramos
que el espíritu humano es infinitamente más profundo que la tierra que lo
sostiene. Que tiemble el suelo si ha de temblar, que la fortaleza del alma
sigue en pie y nos conducirá hacia la cima del mañana.
Por: Ernesto Marrero.
Corresponsal en Venezuela: Revista Letras de Parnaso.



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