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viernes, 31 de julio de 2026

Las flores que nacen de las cenizas

 

Fotografía: Ernesto Marrero Ramírez

Las flores que nacen de las cenizas

Reflexiones existenciales tras la tormenta: de la marea de Zenón a la trinchera de Frankl

Por: Ernesto Marrero Ramírez

Caracas, 28 de julio de 2026

 

I. El peso de la ruina

Hay momentos en que el tiempo no transcurre, se desmorona y forma grietas profundas, muy profundas. Ocurre cuando la vida azota con su látigo y cambia el rumbo de nuestros senderos. En La Guaira se conoce bien el sabor de esa fractura, ese silencio amargo que queda después que la furia de la naturaleza se apaga y nos deja a solas con el lodo, las piedras, el polvo o los escombros.

Cuando la casa que albergó nuestros abrazos se desmoronó, cuando los seres queridos se convirtieron en ecos lejanos, cuando perdemos una parte de nuestro cuerpo y nos sentimos incompletos, mutilados, cuando el ser humano se descubre insignificante y frágil frente al abismo ignoto de su propia existencia. Es natural que en ese momento brote la desesperación, que la mente se vuelva un torbellino y que la tentación de rendirse o desaparecer de este mundo se presenten como posibles escapes, ante un sufrimiento que excede las fuerzas del corazón.

Sin embargo, en medio del despojo más absoluto, cuando sentimos que nos han arrebatado todo, nace una pregunta muy antigua, pero siempre estremecedora: ¿Qué se puede hacer con las manos vacías si la vida nos lo ha quitado todo?

 

II. El mar que todo se lo llevó. Zenón de Citio y el naufragio

Muchos siglos antes de nuestras propias tormentas, en las costas del Mediterráneo, un hombre llamado Zenón de Citio contempló su vida hundirse en las profundidades del mar.

Era un comerciante próspero, nacido en Citio, Chipre, en el año 334 a. C., que lo arriesgó todo en un viaje marítimo que transportaría púrpura de Tiro (un valioso tinte fenicio muy cotizado) y diversos tipos de especias. Frente al puerto del Pireo, una tempestad impetuosa destruyó su nave, sumergiendo su mercancía, su riqueza y la estabilidad de su futuro en el fondo del océano.

Zenón caminó desolado hacia las playas de Atenas sin un solo centavo en el bolsillo, con la ropa empapada de sal y la mirada extraviada en el horizonte.

"¿Qué hace un hombre cuando el trabajo de toda su vida se disuelve en el agua?"

Lejos de dejarse arrastrar por el naufragio interior, Zenón entró en una pequeña librería y leyó la obra de Jenofonte qué hablaba del filósofo Sócrates, luego continuó leyendo a otros pensadores y quedó fascinado por la serenidad y sabiduría que poseían. Se dedicó a estudiar con varios filósofos y reflexionó mucho, así comprendió una verdad tan transparente como el cristal: el mar podía arrebatarle sus bienes, su riqueza y su estatus, pero jamás podría despojarlo de su libertad interior, de su capacidad de pensar, de sentir y de decidir cómo responder ante una tragedia. De aquella orilla desolada no nació la ruina, ni la depresión de un hombre, sino el “Estoicismo”, una corriente filosófica que trascendió en la historia y de la cual emanarían pensadores ilustres como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.

 

III. La luz en la noche más oscura: Frankl y la libertad acorralada

Durante los años de horror en los campos de concentración nazis, el médico y neurólogo vienés Viktor Frankl fue despojado de todo cuanto puede poseer un ser humano: su profesión, sus manuscritos, sus ropas, su nombre y, lo más desgarrador, su familia. Su única culpa fue ser judío.

Aunque él ya venía desarrollando los fundamentos teóricos del análisis existencial en los años 30, la prueba de fuego de su teoría ocurrió entre 1942 y 1945, cuando fue deportado a varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. En medio del despojo absoluto, Frankl observó un patrón determinante: la supervivencia física y psicológica no dependía únicamente de la constitución robusta, sino de tener un "para qué" vivir, un Sentido de vida. Aquellos prisioneros que conservaban un propósito —un proyecto inconcluso, la esperanza de volver a ver a un ser querido o la decisión ética de cómo sobrellevar el sufrimiento— mantenían una resistencia espiritual muy superior. De esta vivencia surgió su obra cumbre, El hombre en busca de sentido (1946), donde sintetiza la célebre premisa inspirada en Nietzsche: "Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo".

“La Logoterapia”, su más importante legado, no nació en un cómodo despacho de Viena, nació en las duras barracas del sufrimiento humano, junto al frío, el hambre, la humillación, la tortura, la soledad y en general, bajo la injusta bota del totalitarismo nazi. Sometido a estas duras condiciones, Frankl nos enseñó que no podemos elegir las tormentas que nos golpean, pero siempre podemos elegir la postura con la que nos mantenemos de pie ante ellas.

 

IV. El diálogo entre la marea y la sombra

Zenón de Citio y Viktor Frankl no se conocieron. Los separan más de dos mil años de historia, pero los une un mismo hilo de luz. El fenicio golpeado por un naufragio en el mar y el médico aprisionado por el odio nazi escalaron la misma cima existencial, porque la tragedia no es el final del camino, sino el territorio donde nace un significado profundo de estar vivos.

Ambos nos invitan a realizar una transformación íntima y personal: dejar de preguntarnos con amargura: "¿Por qué me ocurrió esto a mí?", para empezar a hacernos una pregunta transformadora y digna: "¿Quién voy a ser yo ante esto que me ha ocurrido?". La vida, aún en sus horas más oscuras, no nos exige una resignación pasiva, sino una respuesta activa. No somos responsables de la devastación que irrumpe en nuestras vidas, pero sí somos los únicos arquitectos de lo que construiremos sobre sus ruinas.

Mientras quede un soplo de aire en nuestros pulmones, la historia no ha terminado. En el desierto de la pérdida habita también la semilla de una fuerza insospechada. Es momento de recoger la propia dignidad del suelo, mirar al horizonte con la serenidad de Zenón y la esperanza inquebrantable de Frankl, y comprender que, incluso tras el más terrible de los cataclismos, el ser humano conserva la capacidad de florecer.

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