Por: Ernesto Marrero R.
"Mi religión es vivir y morir sin arrepentimientos."
Milarepa
Fotografía: Valentina Moncada
A continuación les comparto mi artículo: Un testimonio que cruza las fronteras del mundo material, publicado en la revista española Letras de Parnaso, correspondiente a la sección: Venezuela: Crónicas de una tragedia.
Nos reunimos en aquella pequeña cafetería de Las Mercedes, en Caracas,
donde el aroma del grano recién molido intentaba, en vano, disipar la nubosidad
de la tarde. Jackson se sentó frente a mí, vistiendo aún con esa dignidad
austera que caracteriza a muchos de los funcionarios de Defensa Civil, esas
personas que están dispuestas a servir de corazón para rescatar al prójimo,
simplemente porque su conciencia así lo indica.
Tras nuestro primer encuentro en el Hospital J.M. de los Ríos, este café
prometía ser un encuentro para escuchar esas historias heroicas donde nuevas
personas fueron rescatadas de los escombros. Pero la mirada de Jackson traía
consigo un peso distinto, una misteriosa carga suspendida en la frontera entre
lo físico y lo invisible.
—Muchas de las tragedias en La Guaira no solo fracturan la tierra —me
dijo, deslizando los dedos por el borde de su taza humeante—. También rasgan el
velo ilusorio de lo que entendemos por realidad.
Entonces me narró dos historias que recorrían los escombros como una
brisa colectiva, confirmadas por varios rescatistas en el terreno:
La primera ocurrió durante las labores de salvamento en los sectores más
devastados por el doble terremoto, específicamente en Coral Beach. El
"Topo Mayor", Héctor Méndez González, un curtido especialista de los
Topos Aztecas, grupo voluntario dedicado a la faena de cavar túneles entre las
ruinas para rescatar a personas atrapadas. Allí se topó con un abismo que no
figuraba en ningún plano estructural.
En la penumbra de un pasaje estrecho, donde la tierra olía a cal y a
tiempo detenido, el topo encontró a una mujer. Ella le hablaba con una lucidez
desgarradora y angustiante, llorando amargamente mientras le relataba cómo una
pared se le había venido encima. Lo desconcertante no era su relato, sino su
inconsciencia: ella no sabía que había muerto. Hablaba desde la cadena de la existencia,
atrapada en el instante preciso de su colapso. Tras de ella, sumido en una
penumbra aún más densa, se erguía la figura de su esposo, quien la observaba en
un silencio impregnado de una tristeza infinita, sin dejar de llorar. Ambos
eran almas en pena, espectros suspendidos en el dolor de una transición aún no
asumida. Cuando el Topo averiguó sobre esta pareja, le dijeron que ellos habían
vivido en el noveno piso.
—Lo que más estremeció al Topo —continuó
Jackson, con la voz temblorosa y cargada de un profundo asombro— no fue el
encuentro paranormal en sí, sino la tremenda fragilidad de nuestra condición
mortal. Esas almas vagaban porque la muerte las sorprendió sin aviso, aferradas
a una cotidianidad material que se esfumó en un segundo, algo que le puede
pasar a cualquiera.
El segundo relato corresponde al de un bombero, que me pidió que no
comentara su nombre, lo consideraba una persona seria y muy comprometida, y habíamos
realizado otro recate juntos. Ya en la noche, mientras descansábamos un rato de
una dura jornada, me contó algo que me erizó la piel. Él y sus compañeros llegaron
al sector de las Quince Letras. Derrumbes, escombros, desolación y dolor cubrían
la atmosfera de todo el ambiente. Allí se encontraba un señor preocupado y sumido
en la angustia, que al verlos les suplicó que le ayudaran a sacar a su hija. La
niña le gritaba con desesperación que la sacaran de ese oscuro lugar. Estaba sepultada
en un edificio de seis pisos reducido a tres. Comenzaron la labor de rescate y contactaron
con una niña de 4 años llamada Sofía, que decía estar atrapada debajo de una
viga. Comenzaron a picar piedras y a apartar escombros con desesperación. Ya
con sus manos llenas de ampollas y sangre, lograron ver la manito de la niña, y
esto les dio más fuerza para seguir excavando. Pero, cuando llegaron hasta Sofía,
ella ya llevaba más de 24 horas de haber fallecido, tenía una gran viga sobre
su abdomen, con sus vísceras expuestas. Su pregunta fue inquietante y
escalofriante Ernesto. —¿A quién escuchamos entonces? ¿con quién habíamos
hablado mientras luchábamos para encontrar su cuerpecito? Me dice que esa noche
en el campamento el silencio, el miedo y la reflexión fueron totales.
Después de que Jackson se marchara de aquel cafetín, me quedé sumergido
en una inevitable reflexión filosófica sobre nuestra propia finitud. La muerte,
esa certeza inexorable a la que con frecuencia le damos la espalda, nos acecha
como un hecho absoluto, inevitable. Pero vivimos bajo la ilusión de la
permanencia, construyendo certezas sobre cimientos de lodo, pensando que las
desgracias y la muerte solo les llega a los demás y no a nosotros, y cuando el
fin nos aborda este momento sin preparación, el tránsito se convierte en una
agonía prolongada por la incomprensión de nuestra naturaleza impermanente y,
peor aún, cuando dejamos nuestro cuerpo seguimos apegados a este mundo sin
aceptar el nuevo estado inmaterial.
Estamos de paso. La vida es un destello breve entre dos inmensidades
inescrutables, el antes y el después. Esas almas suspendidas en las ruinas de
La Guaira nos recuerdan que no podemos permitirnos el lujo de transitar la vida
a la ligera, arrastrados como hojas a merced del viento. La única defensa ante
la brevedad de nuestra existencia es el autoconocimiento y la profundidad de
nuestras acciones: sembrar lo mejor de nosotros cada día sin esperar
reconocimientos, cultivar la virtud, el altruismo, tomar conciencia y evolucionar
internamente. Porque solo quien ha mirado hacia su interior y ha vivido con
propósito puede aceptar su partida cuando el suelo, inevitablemente, ceda bajo
sus pies.
Ernesto Marrero Ramírez
Corresponsal para Venezuela de la revista Letras de Parnaso


No hay comentarios:
Publicar un comentario