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domingo, 23 de agosto de 2026

Un testimonio que cruza las fronteras del mundo material

 Por: Ernesto Marrero R.


"Mi religión es vivir y morir sin arrepentimientos." 

Milarepa




Fotografía: Valentina Moncada


A continuación les comparto mi artículo: Un testimonio que cruza las fronteras del mundo material, publicado en la revista española Letras de Parnaso, correspondiente a la sección: Venezuela: Crónicas de una tragedia.


Nos reunimos en aquella pequeña cafetería de Las Mercedes, en Caracas, donde el aroma del grano recién molido intentaba, en vano, disipar la nubosidad de la tarde. Jackson se sentó frente a mí, vistiendo aún con esa dignidad austera que caracteriza a muchos de los funcionarios de Defensa Civil, esas personas que están dispuestas a servir de corazón para rescatar al prójimo, simplemente porque su conciencia así lo indica. 

Tras nuestro primer encuentro en el Hospital J.M. de los Ríos, este café prometía ser un encuentro para escuchar esas historias heroicas donde nuevas personas fueron rescatadas de los escombros. Pero la mirada de Jackson traía consigo un peso distinto, una misteriosa carga suspendida en la frontera entre lo físico y lo invisible.

—Muchas de las tragedias en La Guaira no solo fracturan la tierra —me dijo, deslizando los dedos por el borde de su taza humeante—. También rasgan el velo ilusorio de lo que entendemos por realidad.

Entonces me narró dos historias que recorrían los escombros como una brisa colectiva, confirmadas por varios rescatistas en el terreno: 

La primera ocurrió durante las labores de salvamento en los sectores más devastados por el doble terremoto, específicamente en Coral Beach. El "Topo Mayor", Héctor Méndez González, un curtido especialista de los Topos Aztecas, grupo voluntario dedicado a la faena de cavar túneles entre las ruinas para rescatar a personas atrapadas. Allí se topó con un abismo que no figuraba en ningún plano estructural.

En la penumbra de un pasaje estrecho, donde la tierra olía a cal y a tiempo detenido, el topo encontró a una mujer. Ella le hablaba con una lucidez desgarradora y angustiante, llorando amargamente mientras le relataba cómo una pared se le había venido encima. Lo desconcertante no era su relato, sino su inconsciencia: ella no sabía que había muerto. Hablaba desde la cadena de la existencia, atrapada en el instante preciso de su colapso. Tras de ella, sumido en una penumbra aún más densa, se erguía la figura de su esposo, quien la observaba en un silencio impregnado de una tristeza infinita, sin dejar de llorar. Ambos eran almas en pena, espectros suspendidos en el dolor de una transición aún no asumida. Cuando el Topo averiguó sobre esta pareja, le dijeron que ellos habían vivido en el noveno piso.

—Lo que más estremeció al Topo continuó Jackson, con la voz temblorosa y cargada de un profundo asombro— no fue el encuentro paranormal en sí, sino la tremenda fragilidad de nuestra condición mortal. Esas almas vagaban porque la muerte las sorprendió sin aviso, aferradas a una cotidianidad material que se esfumó en un segundo, algo que le puede pasar a cualquiera.




El segundo relato corresponde al de un bombero, que me pidió que no comentara su nombre, lo consideraba una persona seria y muy comprometida, y habíamos realizado otro recate juntos. Ya en la noche, mientras descansábamos un rato de una dura jornada, me contó algo que me erizó la piel. Él y sus compañeros llegaron al sector de las Quince Letras. Derrumbes, escombros, desolación y dolor cubrían la atmosfera de todo el ambiente. Allí se encontraba un señor preocupado y sumido en la angustia, que al verlos les suplicó que le ayudaran a sacar a su hija. La niña le gritaba con desesperación que la sacaran de ese oscuro lugar. Estaba sepultada en un edificio de seis pisos reducido a tres. Comenzaron la labor de rescate y contactaron con una niña de 4 años llamada Sofía, que decía estar atrapada debajo de una viga. Comenzaron a picar piedras y a apartar escombros con desesperación. Ya con sus manos llenas de ampollas y sangre, lograron ver la manito de la niña, y esto les dio más fuerza para seguir excavando. Pero, cuando llegaron hasta Sofía, ella ya llevaba más de 24 horas de haber fallecido, tenía una gran viga sobre su abdomen, con sus vísceras expuestas. Su pregunta fue inquietante y escalofriante Ernesto. —¿A quién escuchamos entonces? ¿con quién habíamos hablado mientras luchábamos para encontrar su cuerpecito? Me dice que esa noche en el campamento el silencio, el miedo y la reflexión fueron totales.

Después de que Jackson se marchara de aquel cafetín, me quedé sumergido en una inevitable reflexión filosófica sobre nuestra propia finitud. La muerte, esa certeza inexorable a la que con frecuencia le damos la espalda, nos acecha como un hecho absoluto, inevitable. Pero vivimos bajo la ilusión de la permanencia, construyendo certezas sobre cimientos de lodo, pensando que las desgracias y la muerte solo les llega a los demás y no a nosotros, y cuando el fin nos aborda este momento sin preparación, el tránsito se convierte en una agonía prolongada por la incomprensión de nuestra naturaleza impermanente y, peor aún, cuando dejamos nuestro cuerpo seguimos apegados a este mundo sin aceptar el nuevo estado inmaterial.

Estamos de paso. La vida es un destello breve entre dos inmensidades inescrutables, el antes y el después. Esas almas suspendidas en las ruinas de La Guaira nos recuerdan que no podemos permitirnos el lujo de transitar la vida a la ligera, arrastrados como hojas a merced del viento. La única defensa ante la brevedad de nuestra existencia es el autoconocimiento y la profundidad de nuestras acciones: sembrar lo mejor de nosotros cada día sin esperar reconocimientos, cultivar la virtud, el altruismo, tomar conciencia y evolucionar internamente. Porque solo quien ha mirado hacia su interior y ha vivido con propósito puede aceptar su partida cuando el suelo, inevitablemente, ceda bajo sus pies.


Ernesto Marrero Ramírez

Corresponsal para Venezuela de la revista Letras de Parnaso

 

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