Frases del escritor

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sábado, 12 de septiembre de 2026

La poesía de Luis Enrique Mármol: Un ovillo que conduce al laberinto de Arthur Schopenhauer


 Luis Enrique Marmol


 

¡Ah, los muertos deseos! Nada ansío
de lo que el mundo ofrece ante mi vista:
aquello que mi alma no contrista
tan solo me produce amargo hastío.
 
(…) haz que sienta en mi espíritu moroso
Primero la tormenta que el reposo,
Primero que el hastío el… ¡el sufrimiento!
 
Julián del Casal

 

Un camino sembrado de dolor, deseo, hastío y desilusión, al estilo schopenhaueriano


La Generación del 18 es el nombre que se le dio a un grupo de poetas venezolanos de comienzos del Siglo XX que se reunían principalmente en los espacios universitarios de la época y en los tradicionales cafés caraqueños. Se les asocia con una generación que rompe con la retórica tradicional del modernismo en la poesía venezolana, marcando una transición entre el modernismo y el vanguardismo. Vale resaltar que esta generación no es considerada un movimiento poético formal, ya que no poseen ningún manifiesto que los identifiquen, más bien son vistos como un grupo heterogéneo, donde muchos de sus miembros se consideraban románticos, postmodernistas, surrealistas, parnasianos o simbolistas. También se caracterizó por su negativa al positivismo, sistema de pensamiento al cual estaban afiliados muchos intelectuales de la época, y su rechazo a la dictadura gomecista, aunque no fue un movimiento político militante como pudo ser la generación del 28. En cuanto a lo estético, rechazaron la retórica estridente, los adjetivos recargados y el exotismo de un modernismo en decadencia.

Luis Enrique Mármol perteneció a esta generación, donde compartió con reverentes compañeros como Andrés Eloy Blanco, José António Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Antonio Arráiz, Enrique Bernardo Núñez, Enrique Planchart, Ramón Díaz Sánchez y Jacinto Fombona Pachano, entre otros.

Nuestro escritor nació en la Caracas de los techos rojos un 21 de agosto del año 1897, en la parroquia Santa Rosalía, ya en las postrimerías del siglo XIX. Hijo único del médico y poeta Luis Mármol y de doña Rosa Amelia Infante de Mármol. Cursó su educación primaria y secundaria en el Colegio de los Padres Franceses de Caracas y se graduó de bachiller en filosofía a la temprana edad de 15 años, un 27 de septiembre del año 1912. Cuatro días después, para sofocar las protestas estudiantiles ante la autocracia gomecista, que culminaron con la huelga decretada por la Asociación General de Estudiantes y el encarcelamiento de Leopoldo Ortega Lima, fundador de la Sociedad de Estudiantes de Derecho, el gobierno de Juan Vicente Gómez clausuró la Universidad Central de Venezuela, suceso que se extendió por diez años, hasta el 7 de julio de 1922.

Apenas dos años después de su graduación como bachiller, fallece su padre Luis Mármol, el 16 de febrero de 1914 en San Fernando de Apure, un suceso que va a profundizar aún más su natural temperamento melancólico, y su percepción sobre la finitud y la muerte.

Lejos de detenerse, dedicó este largo período de inactividad académica a la creación literaria. Durante estos años escribió la mayor parte de su producción poética y colaboró activamente en la prensa nacional, publicando crónicas, poemas y textos humorísticos en diarios como el semanario Cultura, El Universal, El Nuevo Diario, El Heraldo, la revista semanal Fígaro (1919), la revista Élite y como jefe de redacción del magacín semanal ilustrado Flirt (1921). Tras la reapertura de la UCV, retomó sus estudios y obtuvo el título de Doctor en Ciencias Políticas el 14 de febrero de 1925. Su tesis de grado fue evaluada por un jurado de alto calibre intelectual que incluyó a su compañero de generación, el poeta José Antonio Ramos Sucre, además de Carlos Grisanti y Nicomedes Zuloaga.

Firmó sus escritos con variados seudónimos: “Renato Molina”, “Kara-Keño”, “Luis Valenzuela”, “Cómodo Comodián”, “Gregorio Iturriza”, “L’enfant de Marbre”, “Cándido Pérez” y “LEM”.

Hacia el año 1915, cuando ya contaba 18 de edad, publicó una página de poemas en El Nuevo Diario. No eran los primeros que mostraba al público; pero sí los primeros que anunciaban ya el futuro de un hondo pesimismo y a la vez de una enorme madurez existencial, se perfilaba como un joven que podía ver el mundo de manera realista y profunda, como si fuera un hombre de edad avanzada. Uno de aquellos poemas se titulaba “Nuestro Señor el Tedio". Un término que le acompañaría por el resto de su carrera como escritor.

En este sentido, comenta Paz Castillo: “El tedio lo sigue como la sombra al caminante. Se esconde a sus pies en ciertas ocasiones, cuando se aumenta la luz que orienta su caminar angustiado, pero no desaparece”[1].

Diversos planteamientos sobre el hastío han sido realizados por muchos pensadores tanto en el mundo de la Filosofía como de la Literatura: Schopenhauer, Pascal, Rousseau, Kant, Kierkegaard, Heidegger, Benjamín, Adorno y Lars Svendsen, por mencionar algunos filósofos, y en el mundo de la literatura se puede citar a Goethe, Flaubert, Stendhal, Thomas Mann, Beckett, Dostoievski, Chejov, Baudelaire, Leopardi, Proust, Byron, Eliot, Ibsen, Valery, Antonio Machado, Pessoa y Julián del Casal.

Al respecto del hastío, aclara Schopenhauer[2]:

El aburrimiento no es un mal despreciable […] Él es quien hace que los hombres, que se aman tan poco entre sí se busquen, sin embargo, unos a otros tan locamente: es la fuente del instinto social. El Estado lo considera como una calamidad pública, y por prudencia toma medidas para combatirlo, vigilando que todo el mundo tenga un trabajo obligatorio.[3]

Así mismo, el filósofo noruego Lars Svendsen, en su libro Filosofía del tedio, comenta al respecto: “El ser humano tiene necesidades que determinan bien la naturaleza, bien la sociedad, bien la fuerza de la imaginación. Cuando los objetivos no se ven cumplidos, nos vemos abocados al sufrimiento; cuando los alcanzamos, obtenemos el tedio como resultado”[4].

En 1924, Mármol publica los Pastiches criollos, un pequeño folleto de apenas 54 páginas, con el estilo chispeante, irónico, lúdico y humorístico, contrapuesto al de sus otros poemas; donde muestra una cara distinta de su obra poética. Según expresa Pedro Emilio Coll en la carta-prólogo del mencionado libro: es "... la mejor crítica que tenemos de nuestro tiempo...". Mármol pasaba aquí revista a los registros estilísticos y temáticos de sus contemporáneos, para ofrecer al público lector una serie de recreaciones (o "pastiches") que, a la vez, servía de pretexto para mostrar su genio, agudeza y versatilidad en el mundo de las letras. Va a hacer alarde aquí de su capacidad para emular distintos universos literarios, basados en la riqueza estilística y lírica de estos escritores.

El poemario La locura del otro se publica post mortem. En este libro se puede observar un manifiesto de su vida, una visión introspectiva y hasta un halo premonitorio sobre su muerte prematura. Es una poesía con tilde trascendente, donde la finitud de la existencia y la inevitable partida pueden producir un profundo hastío ante el vacío y la rutina de la vida cotidiana. Es un sentirse “extranjero” en un mundo ligero que poco entiende la sensibilidad y la profundidad con que un poeta puede vivir su proceso existencial-literario.

En el poema “El extranjero” se expresa de esta manera:

Gulliver contemplaba como a sus pies hervía

en torpes ansias sórdidas la ciudad trepidante.

Odio, injusticias, crímenes… y Gulliver sentía

el orgullo de ser gigante!

 

Gulliver tomó asiento en la piedra rugosa

que los liliputienses llamaban la montaña…

A sus pies descansaba la ciudad bulliciosa

de Liliput ─romántica, luminosa y extraña!

Abríanse en la sombra trémulas luces de oro;

luz en palacio, en la cabaña, claridad…

 

 

Luis Enrique Mármol se encuentra en sus poemas con la otredad, con aquel “Otro” que vive en sus entrañas. Es como ver su mundo interior a través de una pequeña ventana que va a mostrarle sus sombras, en el buen sentido jungiano. A veces ese otro funge como juez, como amigo confidente, como conciencia de ser y juntos recolectan sueños, divagan, reflexionan, padecen y cuestionan el Sentido de la existencia.

Aunque no haya encontrado ninguna evidencia bibliográfica que indique que Mármol estudió directamente a Arthur Schopenhauer, sus escritos se encuentran marcados por su rúbrica. Los temas que trata con mayor énfasis, como son la muerte, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión, son indicios de la influencia de la filosofía schopenhaueriana en su obra. Recordemos que nuestro escritor se gradúa de bachiller en filosofía y es muy posible que en algún momento se haya encontrado con este pensador. También pudo haberse topado con escritores que estaban influenciados por este filósofo como es el caso del poeta cubano Julián del Casal, quien para la época tenía mucho renombre. O de pronto pudo haber caminado los derroteros de Giacomo Leopardi, un poeta pesimista que la enfermedad lo llevó a comprender, en carne propia, la fragilidad de la vida y la relación entre el hastío, el dolor y el deseo, un paralelismo total con el filósofo de Danzig.

En el año 1919 Mármol escribe Canto del desencanto, un poema donde se puede percibir el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión en el poeta. Una marca ineludible de Schopenhauer:

 

Ha tiempo que hizo presa de mí lo ineludible…

Otrora fuera mi alma recia fecundidad,

impulso y vibración creadora… Hoy un terrible

tedio, un marasmo estéril, suspéndase invencible

sobre mi vida absurda, gris, sin finalidad!

 

Con mi sed de improviso presentí el mundo exiguo;

palpita en mi ser todo el vigor antiguo;

dije: ‒Ornará mis sienes olímpica guirnalda.

Si me es hostil la vida, la domaré. violento!...

Mi alma fue un haz de impulsos de combatir… y siento

desde entonces el dolor de una herida en la espalda!

 

Vulgares contratiempos, obstáculos pigmeos,

mil dolores triviales, mil mezquinos deseos

‒indolencia, fastidio, vicio, impureza‒, oscuros

buitres, me devoraron mis Sueños-Prometeos,

de entrañas palpitantes de milagros futuros!

 

Cavilante fulgor de mis tinieblas brota

‒noble palidez pobre cual estrella remota,

‒sonda de luz que indaga la hondura del abismo…

Es así como me siento entre la sombra ignota

tu trémula presencia, oh! jirón de idealismo

que ondeas, triste, sobre mi entusiasmo en derrota!

 

 

En la columna de su pensamiento filosófico, Schopenhauer explica que la vida oscila en un movimiento pendular entre el dolor (Schemerz) y el hastío (Langeweile)[5]. Con cada deseo satisfecho brota la figura del tedio y entonces emerge un nuevo deseo, pero si este no es saciado viene el inevitable sufrimiento. En ese ciclo interminable se sumergen las personas de este mundo, y forman así una especie de círculo vicioso del cual es muy difícil escapar. Para Schopenhauer solamente hay tres posibles maneras de salir: la primera es a través de la muerte, pero este es un acto ficticio ya que con esta decisión el suicida lo que quiere es escapar del sufrimiento que le produce esta vida, pero no de la voluntad y su deseo insaciable, que es la causa originaria de dicho dolor. Por tal motivo, la naturaleza simplemente continuará colocando otros individuos en el puesto de este para continuar su tarea. La segunda forma es a través de la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado y en especial de la música, pero este acto es temporal, ya que solamente distrae por un instante y luego se vuelve a caer en el mismo estado. Y la tercera forma de romper con esta ilusión es mediante el trabajo que lleva a cabo el asceta o místico, que logra penetrar en las profundidades de su mente y despertar del ensueño que produce este mundo ilusorio; en sí, aniquilar a la voluntad de vivir y lograr así la disolución del falso yo.

En el año 1923, nuestro poeta redacta el poema “Canto de exaltación”, donde manifiesta nuevamente estos conceptos:

 

Hombre risueño o triste, o sereno, triunfante

¡O desilusionado, eres mi semejante!

Tú que sufres profunda pena ¿quizá creíste

que tu pena es la pena más intensa que existe?

Tú, a quien extraño júbilo maravilloso exalta

¿pensaste que tu dicha es la dicha más alta?

Tú, lleno de premiosas inquietudes, que vas

en línea recta, ¿ignora que nunca llegarás?

Tú, que en reposo sueñas y sueñas, noche y día

¿juzgaste que eras dueño de la sabiduría?

Triunfador imperioso, soberbio de desdenes

¿En dónde está la realidad de lo que tienes?

Vencido al que la vida fue terrible madrastra,

¡Piensas estar inmóvil… y la vida te arrastra! […]

 

***

 

¡A ratos estoy triste, siniestramente triste!

Un halo gris las formas y las ideas viste,

y un cansancio impreciso me invade, sordo y blando:

es el dolor de todo lo que vamos dejando;

el hastío de lo que vamos poseyendo;

la nostalgia de cuanto se ha ido destruyendo;

el anhelo obsediante de lo que no alcanzamos

nunca… el remordimiento de que desdeñamos…

Los ojos de una bella mujer desconocida

que nunca más encontraremos en la vida!

El ocaso que sobre la ciudad apiñada

se inviste de una gracia dulce y desesperada!

 

 

            En el año 1920 publica el poema “Es el siglo”, donde va a realizar una crítica fuerte al crecimiento acelerado de la sociedad que venía acompañado del deterioro social y moral que presagiaba el siglo XX. En estos versos se va a apoyar en John Milton y su poema: Paraíso perdido, para referirse al a los vientos malignos que se avecinan. Desde luego ya había visto la malignidad de la primera guerra mundial y, aunque no llegó a ver la segunda, entendió que en el fondo estas confrontaciones mundiales de hombres contra hombre no son más que el producto de la manifestación de sus bajos instintos: del egoísmo, la ambición y la sed de poder, detrás de los cuales se esconden el deseo, el hastío, el dolor y la desilusión:

 

En el siglo doliente y sórdido

de los grandes proyectos tardíos,

es la edad de los Remordimientos,

¡El imperio del ─Quién lo hubiera sabido!

Mucho vigor estéril, mucho esfuerzo frustrado,

son el solo legado de pretéritos siglos…

¡qué muchos de nosotros, ya cansados, vayamos

irremediablemente hacia el hastío!

 

Todo conspira contra los hombres: el deseo,

Lo imposible, la desigualdad, el equilibrio,

la amargura, lo frustrado y lo logrado,

ese implacable heraldo del fastidio!

 

 

Otro tema fundamental que va a ser reiterativo en la obra de nuestro escritor es el de la muerte, que para Schopenhauer es “el auténtico genio inspirador, el musageta de la filosofía”.[6]

Según afirma Schopenhauer, a excepción del ser humano, ningún ser vivo se asombra de su propia existencia. Y aclara que su asombro es aún mayor cuando se topa con la muerte y percibe su finitud, entiende de esta manera que todo esfuerzo es vano para evitar este fin. El efecto que esto genera en el hombre es de un profundo temor a saber que tarde o temprano tendrá que enfrentar este hecho; es decir, el horroris mortis, que va ligado a su vez con el llamado instinto de conservación.[7] La esencia, el fondo que moviliza este mundo, es el impulso a la vida, el vehemente deseo de vivir, y aclara Hernan Caro: “Existe horror a la muerte porque la esencia del hombre es la voluntad de vivir, el deseo de no cesar, o como diría Unamuno, el ansia de inmortalidad”[8].

En el año 1919 escribe el poema Todos iban, un poema donde va a reflexionar sobre la muerte y el impacto que produce en el enlutado, él se cruza por la etapa de Duelo, a diferencia de los que viven en la carrera cotidiana y superficial de la vida:

 

Todos iban desorientados:

perseguían un objeto próximo;

unos iban a su trabajo,

otros al trabajo de los otros…

 

Los ojos errantes y vagos,

hacia la mancha de los pinos

cruzó indolente un enlutado…

‒A dónde vas?

            ‒No sé ‒me dijo.

Todos iban desorientados,

y el enlutado hacia sí mismo!

 

 

 En el mismo año escribe Mármol el poema Iluso Ayer. Otro escrito cargado de sufrimiento, hastío y dolor, para culminar refiriéndose a la muerte:

 

Iluso ayer, yo dije de la vida y su encanto;

la vida, ayer engaño, hoy penoso deber.

Ya no me queda nada y por lo tanto

no tengo nada que temer!

Vida, dame la estúpida serenidad de un santo

¡O vuélveme mis locas inquietudes de ayer!

 

Y la Verdad, glotona de sueños insaciables:

─Pobre espíritu enjuto, pobre carne maleable,

alucinada de amor y de luz,

encontrarás el tedio en todo lo invariable,

el dolor del anhelo en lo inestable,

¡y hasta después de muerto soportarás tu cruz!

 

           

Arthur Schopenhauer define a la muerte como una especie de sueño profundo en el que desaparece la percepción individual y todo lo demás despierta: “La muerte es un sueño en el cual queda olvidada la individualidad; todo lo demás despierta o, por mejor decir, permanece en vigilia”[9]. Pero esta inquietud, este saber que la inevitable partida acompañará al individuo durante toda su vida, es algo intrínseco de la conciencia humana. Un detonante inspirador que se ha manifestado también dentro del mundo de la literatura: el cuento, la novela y la poesía han servido de receptáculo al torrencial expresivo que genera la muerte, tanto por su aceptación o rechazo. Escritores como Víctor Hugo, Giacomo Leopardi, William Shakespeare, Geoffrey Chaucer, Emily Bronté, Vicente Gerbasi, Andrés Eloy Blanco, Horacio Silvestre Quiroga, Mario Benedetti, Octavio Paz y Gabriel García Márquez han tenido una influencia significativa en esta temática. También es importante resaltar que el romanticismo fue muy influenciado por este tema. Un movimiento cultural en el que se sostuvo el primado de la intuición y el sentimiento sobre la razón; lo imprevisible sobre lo previsible; lo multiforme ante lo uniforme; lo oculto ante lo presente; lo sublime más que lo bello; lo aristocrático más que lo burgués; lo colectivo ante lo individual; lo interno más que lo externo y lo dramático más que lo apacible[10].

            Luis Enrique Mármol falleció en la ciudad de Valencia, Venezuela, el 17 de septiembre de 1926, a la corta edad de 29 años. Meses antes había sufrido un accidente automovilístico del cual nunca llegó a recuperarse. Veinte años después de su muerte, sus restos fueron llevados al Cementerio General del Sur, donde reposan hoy. Antonio Arráiz, en unas palabras de duelo ante su muerte, comentó que él había amado como alucinado de las cosas espléndidas de este mundo: el triunfo, el heroísmo y la belleza. “No tuvo tiempo de desilusionarse”[11].

 

En esta ocasión voy a disentir de las palabras de Antonio Arráiz y me permitiré decir que Luis Enrique Mármol si llegó a desilusionarse, y mucho. Esto fue algo que mostró con maestría en sus poemas. Una poesía sincera que emerge de lo más profundo del alma. Una vez escribí que “la poesía es el canal que utiliza el poeta para poder expresar lo concebido por el espíritu, en otras palabras, es expresión interna y para lograr este objetivo hay que excavar en nuestras entrañas para que aflore un nuevo mundo donde la imaginación y la realidad se conjuguen para darle forma al verso y a la prosa”. La poesía de Mármol es introspección profunda y transparente, donde la desilusión, el dolor y el hastío, se van a expresar en contra de una vida dominada por los deseos vanos y por una sociedad inmersa en la rutina y el adormecimiento, que nos aleja del sendero de una conciencia crítica que sea capaz de aportar un legado profundo al entorno social de su momento histórico.

Aunque en Mármol influyeron diversas corrientes modernistas y posmodernistas, la huella del pesimismo filosófico schopenhaueriano, muy difundido en la intelectualidad hispanoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX, impregna claramente la médula de su obra, y en este sentido, el dolor, el deseo, el hastío y la desilusión siempre van a acompañar sus letras.

El vínculo entre el universo poético de Mármol y la filosofía de Schopenhauer se evidencia en varios ejes conceptuales:El dolor como sustancia vital”; “El «Querer-Vivir» como quimera”; “El deseo y el hastío como presencia constante en la vida” y “La nostalgia del olvido y la desilusión junto a la presencia de la muerte”.

Para Schopenhauer, el dolor no es un accidente de la vida, sino su esencia misma: existir es sufrir porque toda vida es deseo insatisfecho. Mármol asimila esta premisa no como un mero artificio retórico, sino como una vivencia ontológica. En sus versos, la angustia, el sufrimiento y el vacío no son estados pasajeros, sino la condición inevitable de la existencia humana. El dolor schopenhaueriano dejó de ser pura abstracción metafísica para transformarse en sus versos, en una respuesta estética ante el desencanto de su propio momento histórico y sus caídas personales.

En la filosofía schopenhaueriana, el individuo está inmerso y atado a la Voluntad, un impulso ciego que nos lleva a perseguir metas cuyo logro solo produce aburrimiento o la aparición de un nuevo deseo. En muchos poemas de Mármol, se percibe este mismo desencanto frente al esfuerzo humano:

   • El afán inútil que lleva al hastío: El poeta retrata la aspiración y el ideal de la sociedad como fuerzas ilusorias que conducen invariablemente al «hastío» y al desencanto.

   El círculo del deseo: La dialéctica entre la insatisfacción de no alcanzar la meta y el vacío de conseguirla coincide con el célebre péndulo de Schopenhauer (que oscila entre el dolor y el aburrimiento).

Por otro lado, el término del sufrimiento schopenhaueriano es el deseo insatisfecho, que se supera a través de la negación de la voluntad de vivir (la calma, el nirvana, la quietud absoluta). En la lírica de Mármol, la muerte y el olvido no siempre aparecen con terror, sino con la serena resignación de quien busca el cese del dolor. Varios de sus poemas reflejan esa búsqueda atormentada de la verdad que desemboca en la desolación y el silencio.

A través del corpus poético de Luis Enrique Mármol, se puede percibir una profunda presencia de la atmósfera intelectual del fin de siglo XX, encabezada por la filosofía de Arthur Schopenhauer, junto a la de Nietzsche y a la lírica posromántica o modernista. Mármol tradujo este tejido filosófico en una sensibilidad trágica y profundamente contemplativa, transformando el pesimismo alemán en una experiencia íntima e hispanoamericana. Se puede decir que él logró convertir la filosofía en atmósfera, temperamento y carne viva a través de sus palabras.

 



[1] Paz Castillo, Fernando. Obras Completas. Los del dieciocho. Tomo V. Caracas: Ediciones de la Casa de Bello, 1995. p. 287

[2]Cfr. Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Barcelona: Tusquets Editores, 2006. p. 24

[3]Schopenhauer, Arthur.  El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Edicomunicación, S.A, 1998. p. 92

[4]Svendsen, Lars. Filosofía del tedio. Op. Cit, p. 72

[5]Cfr. Maceiras Fafian, Manuel. Schopenhauer y Kierkegaard: Sentimiento y pasión. Madrid: Editorial Cincel, 1985. p.92

[6] Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación Vol. II. Madrid: Fondo de Cultura, 2003

p. 446.

[7]Cfr. Caro, Hernán Darío. 2001. El origen de la necesidad metafísica del hombre (una de las muchas pruebas que Schopenhauer nunca ofreció). Revista Saga N 3. Bogotá: Universidad Nacional [En www. saga. unal. edu.co/etexts/pdf/saga3/caro.pdf], p.30

[8]Ibid., p.32

[9]Schopenhauer, Arthur. Metafísica de las costumbres, Madrid: Editorial Trotta, 2001. p. 10

[10]Cfr. Mora, Ferrater, Diccionario de filosofía. Barcelona: Editorial Ariel, 2004. p. 3115

[11] Mármol, Luis Enrique. Ver Prólogo de Reyna Rivas. La locura del otro. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2007. P. VIII