Frases del escritor

Filosofía clásica y existencial en torno a la Literatura... Un camino de reflexiones y letras para encontrarnos.
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domingo, 6 de junio de 2021

Alicia en el país de las anarquías

  


   El sol penetraba resplandeciente por la ventana de su cuarto y una sonrisa se dibujó radiante en el rostro de Alicia. Con entusiasmo se levantó de su cama y la tendió con premura; luego se vistió y fue a la habitación contigua para despertar a su hermana mayor que, con un poco de pereza, se puso de pie.

—Buenos días, Margaret, es hora de levantarse— dijo Alicia con el rostro sonriente—. Hoy tienes un compromiso conmigo.

Era domingo y estuvo esperando toda la semana para ir con su hermana al bosque a disfrutar del paisaje, tomar unas fotografías y comer algunos sándwiches que prepararía su madre. Era una promesa que Margaret le había hecho días atrás.

Alicia era una hermosa joven que estaba por cumplir sus quince años. Tenía ojos redondos color café que hacían juego con su piel blanca, y una ondulada cabellera dorada que se extendía en forma de bucles. Le encantaba el contacto con la naturaleza: las aves, las flores y los árboles. Conservaba colecciones de libros sobre esta materia y quería ser bióloga cuando ingresara a la universidad. También le encantaba la fotografía. Su papá le había prometido una cámara profesional para el día de su cumpleaños y mientras tanto disfrutaba con un smartphone con una camara de buena resolución.

Había llegado Alicia con su hermana al bosque. Un lugar paradisíaco coronado por flores silvestres que coloreaban el entorno, y un olor a hierba, a pasto y a tierra humedecida por el sereno de la mañana que formaban un ambiente de quietud y sosiego. El sonido de un río que acariciaba las piedras a su paso se sentía fluir a poca distancia, mientras el cantar de las aves y la brisa que correteaba entre las hojas brindaban una sensación de libertad inolvidable. Aunque muchos no lo veían así, para Alicia ese espacio era una especie de templo en el que podía sentir las cuerdas más profundas de su alma.

Después de que ambas disfrutaron de una deliciosa merienda, Margaret se fue hasta el arroyo y colocó sus pies en el agua. Alicia se sentó en la base de un árbol de tronco grueso con la intención de leer un libro. Se trataba de una novela de amor y ciencia ficción cuyo protagonista era un viajero del tiempo que venía del futuro y se enamoraba de una chica del presente; un amor que parecía imposible, un amor separado por el tiempo y por mundos muy distintos, pero a pesar de todo valía la pena experimentarlo. «Así es el amor», pensaba Alicia, «no se sabe cuándo comienza ni cuándo termina». También hablaba de la contaminación mental y ambiental, y del daño que esto le causaba al planeta. Un tema que le llamaba mucho la atención. Mientras leía, la joven sintió mucho sueño y sus ojos se fueron haciendo cada vez más pesados.

De pronto escuchó el ruido de una rama que se quebraba a unos pocos metros, lo cual interrumpió su sueño. Se trataba de un hombre que caminaba apresurado, de baja estatura, piel blanca, orejas grandes, dientes sobresalientes y nariz redonda. Vestía ropa deportiva y un chaleco negro que le quedaba ceñido al cuerpo. Al detallarlo, Alicia se acordó del rostro de Buggs Bonny, el protagonista del comic El conejo de la suerte, y le dio mucha risa. Mientras se alejaba notó que aquel individuo le había robado la cesta en la que había llevado la comida, su cámara fotográfica, su cartera y el reloj pulsera. Alicia se molestó mucho sobre todo porque él la veía y se reía de lo que había hecho. Enfurecida, se puso de pie y le gritó que se detuviera, pero el hombre más bien aceleró el paso. Quiso correr y alcanzarlo, mas era tarde: el ladrón se había introducido por un hueco que estaba entre unos arbustos y desapareció. Llenándose de valor, e impulsada por la ira, también se introdujo por el orificio. Era oscuro y frío, parecía una especie de madriguera de conejos, pero de gran tamaño. Alicia iba caminando en línea recta y el lugar se hacía cada vez más pequeño y oscuro. Súbitamente cayó por un hoyo que parecía no tener fin. Ella gritó con todas sus fuerzas porque pensó que se estrellaría contra el suelo pero, como por arte de magia, empezó a flotar. Sentía que viajaba en algo similar a un colchón de aire y fue descendiendo con lentitud hasta que se posó sobre un suelo arenoso. Luego la intensa luz del sol apareció ante sus ojos. Cuando aclaró su visión se dio cuenta de que se hallaba frente a un río de color marrón y maloliente que arrastraba basura y desperdicios de todo tipo. Como pudo, se cubrió la nariz con su mano y siguió persiguiendo al delincuente. Mientras avanzaba percibió cómo a su alrededor se extendía una ciudad: edificios, casas y muchos automóviles pasaban a su lado, y por estar distraída perdió de vista al ladrón que había desaparecido.

La chica subió por una pendiente y entró a la urbe. Caminó por una acera y unos metros más adelante volvió a visualizar al bandido que pasaba corriendo al lado de un grupo de policías, que conversaban plácidamente y utilizaban sus teléfonos celulares para enviar mensajes de texto. Parecía que estaban hipnotizados por aquellos aparatos e ignoraban lo que estaba sucediendo a su alrededor. Cuando Alicia se acercó a los agentes para notificarles que había sido víctima de un robo, uno de ellos se molestó porque lo había interrumpido de una charla a través del chat y de inmediato le pidió los papeles de identificación. Ella le explicó que aquel sujeto con cara de roedor le había quitado su cartera que contenía todos sus documentos. A lo que él le respondió:

—Señorita, lamento informarle que queda detenida por no poseer documentos que la identifiquen — profirió con voz inquisidora.

—Pero… ¡¿cómo es posible que usted me diga eso?, señor agente! —expresó perpleja y con nerviosismo en sus palabras—, si me acaban de robar y vengo persiguiendo al atracador.

—¡Ah, con que levantándole la voz a la autoridad!…, otro motivo para que vaya a la cárcel —indicó el funcionario con ojos chispeantes y cara de enojo.

Lo peor era que Alicia podía ver al bandido a lo lejos que seguía burlándose de ella con su cara de conejo y una mueca tan grande que parecía una luna nueva en el cielo nocturno. Se llenó de indignación, salió corriendo, y el policía también corrió detrás de ella.

—Detente y acata las órdenes de la autoridad. ¡Quedas detenida! —gritó el funcionario con voz autoritaria

Cuando se disponía a sacar su arma de reglamento para realizar unos disparos al aire, recibió una llamada telefónica y se detuvo para atenderla. Entonces se puso a conversar por el aparato como si no hubiera sucedido nada. Aunque parezca mentira, el resto de los agentes estaba tan imbuido en sus actividades telefónicas que ni siquiera se movieron del lugar para ayudar a su compañero.

Alicia prosiguió su camino por aquella ciudad tan extraña donde parecía que la gente estaba adormecida o hipnotizada; se veían como sonámbulos que deambulaban de un lugar a otro sin rumbo fijo. El tráfico en las avenidas y autopistas era insoportable, solo había paso para los motorizados que zigzagueaban entre los carros, contravenían las flechas, irrespetaban los semáforos, se subían por las aceras que utilizaban como atajos y rayaban algunos autos con su manubrio. «Aquí los motociclistas son irrespetuosos de las normas de tránsito…, si lo sabré yo, que mi papá tiene una moto y es exageradamente precavido», reflexionó. «¡Oh, Dios mío! Esta ciudad es un verdadero caos. Donde yo vivo planifican el urbanismo y cada vez que aumenta el parque automotor fabrican vías para permitir el paso de los vehículos. Pero estas calles parecen estacionamientos».

Una ambulancia quería pasar y con desespero intentaba abrirse paso en aquel bloque de metal, al igual que un camión de bomberos que por otra vía trataba de cruzar.

Entonces presenció algo insólito: «un funeral de motorizados». La camioneta que llevaba el féretro iba muy lenta por una vía principal y varias docenas de motociclistas la seguían, mientras daban vueltas a su alrededor y otros levantaban sus motos en su rueda trasera. De repente decidieron cerrar la calle por completo y sacaron sus pistolas. De esa manera empezaron a asaltar a los conductores que venían detrás del cortejo fúnebre en sus carros. Alicia calculó que fue un total de cuarenta robos en ese momento. Después comenzaron a disparar al aire, reabrieron la vía y prosiguieron el luctuoso protocolo. Desde luego, ninguna autoridad intervino en el suceso. Alicia se acordó de una película de vaqueros en el salvaje oeste, que había visto con su papá, en la que un grupo de bandidos venía cabalgando hacia el pueblo a robar un banco, alzaban sus caballos en las patas traseras, sacaban sus revólveres y disparaban al aire para asustar a las personas y presumir de ser muy malos. La diferencia era que en el film tenían caballos en vez de motos y el sheriff, junto con sus ayudantes, sí realizaba su trabajo de defender a los lugareños.

Continuaba caminando Alicia y ya no veía al bandido. Quiso devolverse y abandonar su persecución, pero la curiosidad ante las cosas tan inverosímiles que estaba presenciando y la indignación por aquel hombrecillo que, además de haberle robado, se burlaba de ella le impulsaba a proseguir. Pasó por una callejuela en la que observó un cartelón que decía: «Prohibido botar basura» y debajo había un montículo de desperdicios repleto de moscas que parecían hacer guardia, y cuatro perros que trataban de hallar restos de comida. Se percibía un olor putrefacto que impregnaba la zona. Un hombre que pasó por aquel lugar se le atravesó a Alicia, tenía las dos manos sobre el estómago y el ceño fruncido, venía tambaleándose de un lado a otro. Su inocencia le hizo pensar que el individuo poseía algún tipo de malestar como producto de aquel ambiente descompuesto, cuando en realidad se trataba de un borracho que salía de un bar que se hallaba en la esquina.

Preocupada por lo que le sucedía, le preguntó:

—Señor, ¿qué le pasa?... ¿le puedo ayudar en algo?

—Es que teeeengoooo… —y en ese momento soltó lo que llevaba escondido— Prrrrrrrrrrrrrrrrr — era una vigorosa flatulencia que estremeció el sector y casi pudo resquebrajar la calle. En su cara se delineó una maliciosa sonrisa de satisfacción.

El estómago de Alicia se terminó de revolver, se puso la mano en su boca y corrió con todas sus fuerzas para abandonar aquel espacio. Después de unos minutos se detuvo. Ya estaba cansada, las gotas de sudor corrían por su frente y se secaba con el dorso de la mano, así que decidió sentarse en un banco de cemento que estaba en una esquina de la acera y desde allí pudo contemplar la avenida en su totalidad. A medida que calmaba su respiración se asombraba de ver cómo los conductores hacían caso omiso de los semáforos y cruzaban con luz roja. Paradójicamente, en luz verde tenían que pararse hasta que los dejaran pasar a ellos. Otros choferes utilizaban el canal de auxilio vial para adelantar a los demás vehículos. Era una verdadera locura.

Proseguía observando y cada vez quedaba más perpleja. Muchos transeúntes que caminaban por las calles hacían caso omiso de los rayados peatonales y solían arrojar algún papel o una colilla de cigarro al suelo. Taxis y buses dejaban a los pasajeros en cualquier lugar; pasaban por alto los sitios de paradas. Muchas veces trancaban la vía sin importarle que pudieran estar obstaculizando la circulación de los otros que venían detrás. En algunos de aquellos transportes podía verse una nube negra de humo que emanaba de los tubos de escape, y en otros, cómo los usuarios lanzaban desperdicios por las ventanas: vasos plásticos, envoltorios, servilletas, entre otras cosas.

Sentada en aquel espacio, Alicia se enroscaba su cabello con el dedo; era una forma inconsciente de drenar sus nervios. Estaba desconcertada al ver tanto irrespeto y anarquía. Entonces se recordó de la novela que estaba leyendo en la que el viajero del futuro advertía que de seguir con una mentalidad inconsciente estábamos predestinados al caos social y a la posible destrucción del ecosistema de nuestro querido planeta.

—Por Dios, ¡cuánta inconsciencia puede existir en el ser humano! Si mis padres pudieran ver esto no lo creerían. ¡Ojalá y tuviera mi cámara fotográfica en este momento!, —murmuraba en voz alta— …Tanto que me han hablado de los principios que poseen las personas mayores, pero ahora veo que hay mucha mentira en esas palabras.

Mientras su mente volaba entre tantos pensamientos aterrizó de manera repentina. Estaba presenciando cómo empujaban a una señora de edad avanzada, y golpeaban con la cacha de una pistola a la joven que la acompañaba para quitarle sus carteras y los teléfonos celulares. Al parecer, los habitantes de aquella urbe estaban tan acostumbrados a estos sucesos que mantenían cierta calma sobre lo que les sucedía a los demás. Parecía que la capacidad de asombro había desaparecido.

En la cuadra que seguía a la que ocupaba Alicia, pudo ver una vez más al malhechor que ya se había colocado en la muñeca el reloj robado. Observaba la hora como señal de que estaba muy apurado y a la vez fijaba sus ojos en ella con una sonrisa sarcástica. El delincuente giró, entró a un estacionamiento y la joven hizo lo mismo. Allí continuó con su estado de admiración cuando encontró un letrero grande que decía: «prohibido estacionar motos» y debajo había más de quince motocicletas estacionadas en perfecto orden. Cuando le preguntó a una señora que pasaba a su lado por qué motivo sucedían estas cosas, la doña le respondió que se trataba de un hecho frecuente en esa localidad. Al parecer las señales de tránsito y los avisos estaban escritos en un lenguaje indescifrable para una gran parte de los ciudadanos.

Otra vez avistó al malhechor en un edificio que estaba al cruzar la calle; se burlaba de ella desde la ventana de un segundo piso. Alicia decidió ir por él, ya estaba cansada de ver tantas locuras juntas y quería regresar. Su hermana Margaret debía estar angustiada por ella. Entonces entró en un ascensor y saludó a los presentes: «buenas tardes». En ese momento las personas la percibieron como una extraterrestre; por supuesto, nadie le contestó el saludo. La mala educación también gobernaba en aquellos ciudadanos. Cuando llegó hasta el lugar donde había visto al ladrón, ya no estaba. Al asomarse por la ventana detalló que estaba otra vez afuera. Esta situación la estaba desesperando, le dio mucha rabia y sus mejillas se enrojecieron.

Alicia reflexionaba sobre los eventos que estaba observando y se daba cuenta de algo peculiar: era un lugar en el que prevalecía la anarquía y todo parecía funcionar al revés que en las ciudades donde ella había estado con anterioridad. Por ese motivo le llamaría: El país de las anarquías. «Sí… Así le llamaré», concluyó.

Mientras caminaba encontró un periódico que alguien había dejado tirado en el suelo y pudo leer, con terror, la cantidad de secuestros que habían acaecido la semana anterior, además de robos y crímenes que en su mayoría quedaban impunes. No podía entender cómo sucedían esas cosas en aquella sociedad. También leyó un artículo en el que se mencionaba la cantidad de leyes espléndidas que poseían en dicha.ciudad, pero que poco se cumplían o poco se hacían cumplir. Era una problemática tanto de los habitantes, como de los organismos que tenían la obligación de hacer efectivas las normativas. A pesar del miedo que esas noticias le causaban, su voluntad se mantuvo firme y continuó persiguiendo su objetivo.

Alicia pasó frente a una fuente de soda en la que se reunía un grupo considerable de individuos que veían a un hombre que salía en la televisión. Parecía una especie de ilusionista o brujo que captaba su atención en una sesión de hipnosis. El hombre les hablaba con mucha seriedad, aunque la mayor parte de su discurso era incoherente y absurdo, pero al igual le aplaudían con desenfreno. Parecían focas de circo. No había dudas de que aquel hechicero tenía grandes poderes porque su energía era efectiva. Así entendió Alicia el origen de aquella forma tan irreflexiva y alocada en que las personas se comportaban: estaban bajo la sombra de un poderoso embrujo. Aunque ella no pudo ver su rostro, se imaginó a aquel personaje vestido de negro con una larga túnica, un sombrero cónico y una barba angosta y alargada, algo así como el mago Merlín. Cada vez se acercaba más gente al televisor, la alegría del grupo se convertía en fervor y esto, a su vez, en éxtasis. Esta euforia colectiva le generó mucho miedo y decidió retirarse del lugar. Pensó que aquel brujo maligno podía encantarla y convertirla también en una especie de zombi.

Por otro lado, apareció otra vez el ladrón que se hallaba parado en una esquina mirando el reloj en su muñeca, en su otra mano sujetaba la cesta de comida y en su interior, la cartera y la cámara fotográfica. Luego salió corriendo y penetró por un oscuro callejón por el que se atrevió a internarse Alicia. Este fue un grave error porque al final de aquella calle estaba esperándola el hombre con rostro de Buggs Bonny, pero en esta oportunidad tenía una mirada de hielo y una sonrisa malandrina. A su alrededor estaba acompañado de una banda numerosa de criminales. Sacaron sus pistolas y comenzaron a apuntar a la chica mientras la rodeaban. Asustada, cerró sus ojos y se puso a llorar. El hombre con la cara de conejo le ordenó a uno de sus secuaces que le cortara la cabeza.

—¡Sííííí…, que le corten la cabeza! —gritaban los otros delincuentes con semblante de odio en sus rostros.

La respiración de Alicia se aceleró y su corazón comenzó a palpitar con mucha fuerza, tanto así que parecía que iba a salírsele por la boca. En ese momento escuchó la voz lejana de una mujer que la llamaba:

—¡Alicia… Alicia… cariño, despierta!, ya dormiste mucho, es hora de irnos.

Al abrir sus ojos se dio cuenta de que estaba al lado de su hermana que trataba de despertarla. Se vio con el cuerpo empapado de sudor y todavía parecía faltarle el aire.

—Margaret, ¿do… dónde estoy? —preguntó con la voz entrecortada.

—Tranquila, hermanita, solo tuviste una pesadilla —le comentó sujetándole la mano.

—No…, no puede ser, ¡¿qué pasó con el ladrón y los asesinos?!

—No hay de qué preocuparse. Todo está bien. Era solo un sueño —le explicó con dulce voz mientras acariciaba su cabeza.

—¡Oh, he tenido un sueño tan curioso!

Alicia se fue tranquilizando poco a poco y comenzó a narrarle a su hermana todo lo que recordaba de aquella loca historia que había soñado. Mientras Alicia relataba su experiencia, a Margaret le pareció ver que detrás de un árbol se asomaba un hombre que tenía la cara como un conejo y llevaba un chaleco negro. También comenzó a imaginarse que el río cristalino que estaba en el bosque se volvía turbio y maloliente. Cuando levantó su mirada al cielo observó unas nubes que se transformaban en motos y se le venían encima. Entonces espabiló y se puso de pie con rapidez.

—Querida hermana, ¿qué te sucede? —preguntó Alicia.

—Nada, nada, es que también me dio un poco de sueño, pero sigue contándome por favor.

Al final ambas rieron y comprendieron que solo se trataba de una experiencia onírica porque un lugar tan alocado, irracional y con un nivel de anarquía tan exagerado, era imposible que existiera en el mundo de la realidad. Entonces se fueron a la casa donde su madre las esperaba con el té caliente y un rico pie de manzana.

Autor: Ernesto Marrero Ramírez

De mi libro: Quisiera contarte algo


martes, 25 de mayo de 2021

No es la apariencia externa lo que vale

 

 

Los preparativos habían comenzado. Todos en el palacio de Buckingham esperaban a ese hombre tan nombrado, sobre quien se comentaba que era un santo y que había sido enviado por los dioses para salvar a los habitantes de la India, en especial, a los pobres que tan apartados se sentían en ese país únicamente por haber nacido en clases sociales muy bajas e, inclusive, algunos se hallaban en la casta de los intocables que eran seres considerados impuros y, por lo tanto, excluidos de la sociedad.

El rey Jorge V y la reina María lucieron ese día sus lujosos trajes para recibir al invitado que venía a tomar el té. Ya cuando todo estaba listo apareció por la puerta un hombre delgado, bajito, con anteojos y de contextura frágil que vestía su taparrabos de costumbre, un chal, unas sandalias y un reloj barato. Se escuchó un comentario en el palacio, preguntando si ese sujeto era Gandhi y una voz sonora que respondió:

Sí. Ese hombre es Mohandas Gandhi, aunque se le conoce mejor como el Mahatma Gandhi o Alma grande.

Alguien le preguntó si no consideraba que era mejor utilizar ropas elegantes para una ocasión tan especial, a lo que Gandhi le respondió:

La elegancia de las ropas del rey es suficiente para los dos.

También se comenta que Gandhi tuvo una entrevista histórica con Lord Irwin, el virrey de la India. Ese día fue a visitarlo vestido también con su acostumbrado dothi (ropa tradicional hindú) y unas simples sandalias. A Winston Churchill le indignó, sobremanera, esa reunión que catalogó en ese momento como un espectáculo vergonzoso, donde un ex abogado del Inner Temple (un colegio profesional de abogados en Inglaterra) y transformado ahora en un insurgente faquir, se atrevía a visitar, prácticamente desnudo, el virreinato para negociar y dialogar a la misma altura con un emisario del rey-emperador.

Gandhi fue un abogado que ejerció su carrera por varios años y vistió como un profesional de su época, pero un día decidió mostrarle al mundo que la fuerza de la no violencia es más poderosa que cualquier imperio, y que las mejores vestimentas son las que luce el alma del hombre humilde y emprendedor.

A pesar de haber logrado la independencia de la India mediante un movimiento pacífico y ejemplar, fue asesinado de tres balazos por Nathuram Vinayak Godse, un fanático hindú, el 30 de enero de 1948. El Mahatma Gandhi quedó inmortalizado en la historia, y lo recordamos como un hombre que supo convivir en dos mundos completamente disociados: el de la política con sus falsas facetas y el proceso sincero de crecimiento espiritual.


Por: Ernesto Marrero R.

De mi libro: Cuando tenga tiempo, empiezo

domingo, 11 de abril de 2021

Lamentos de mi tiempo



 

En la historia siempre encontraremos un Judas que vende su dignidad,

 un Pilatos que alardea del poder y un Jesús crucificado injustamente.

EMR

                I

Cuánto me cuesta entender

las locuras de este mundo,

se encumbra la viva moda

y el sabio está moribundo.

Veo al hombre adormecido

en una loca rutina,

viven sin ningún Sentido,

edificando sus ruinas.

Atados a la permanencia

olvidan su temporalidad

nunca piensan en la muerte

sinónimo de oscuridad—.

Ni las grietas de los años

ni la nieve de las canas,

despiertan al hombre dormido

de esta ilusión tan mundana.

Muere el niño prematuro.

Muere el joven que adolece.

Muere el anciano cansado.

Muere la flor que florece.

Y aunque el espejo bruñido

refleje esta realidad,

la nube de la ignorancia

oscurece la verdad.

 

                    II

Oigo a Sócrates decir:

Sólo sé que no sé nada,

y al ignorante expresarse

con sapiencia en la manada.

El oro es el regocijo

aunque venga mal habido,

es la viga que soporta

esta vida sin sentido.

El hoyo se hace más hondo

en el pensar de la gente

se cambian honores por plata,

y siliconas por mente.

Al anárquico lo aplauden

y al delincuente lo abrazan,

al correcto lo intimidan

y al pensador lo desplazan.

La sierra de la inconsciencia

y el hacha del egoísmo,

han talado sin cesar

hasta formar un abismo.

 Cómo han destruido el bosque

y han secado la quebrada,

raíz del árbol que busca

el agua desesperada.

 

                III

¡Cuánta hambre en este orbe!

Pobreza y desolación.

Barro y ceniza en los ojos

han cegado la razón.

Cuántas vidas inocentes

son segadas por el hampa

y otras desviadas de rumbo

por el vicio y por la trampa.

Cajón de resentimientos,

morral de lamentaciones,

van cargando las familias

que tienen limitaciones.

Ahogadas en la desidia

y en desvirtuados patrones,

van construyendo sus vidas

entre llantos y pasiones.

Ansiosas de un faro cierto

que ilumine sus caminos,

se confían del verdugo

que oscurece su destino.

Una máscara de noble

se coloca el prepotente.

Capa de caperucita

y un antifaz de valiente.

Demagogia y populismo

hoy carcomen mis oídos

son la esperanza perdida

de un sistema corrompido.

  

IV

Emperadores y caudillos

nos hablan de libertad,

con la soga del poder

y un prontuario de maldad.

Como el alcohólico empedernido

que no cesa de beber

ansían los ciegos el trono

embebidos de poder.

Se creen omnipotentes

los tramposos que han robado,

las gotas de sudor y el hambre

del trabajador honrado.

Por la anhelada opulencia

ellos viven como lobos,

aunque el libro de la historia

los recuerde como bobos.

Una lucha de Titanes

entre malos y malvados,

Sodoma contra Gomorra

…son tiempos desesperados.

Manda el Judas que dirige

y el Barrabás elegido,

clavan al Cristo en la cruz

en este mundo perdido.

 

                V

Que mi tinta y mi grafito

levanten su voz imponente,

y romper el duro silencio

y denunciar al demente.

Hoy la moda es el vacío

de esta posmodernidad,

hay que encontrar un sentido

que nos brinde claridad.

En el éter de lo abstracto

ideas flotan airosas,

es deber del escritor

traducirlas con sus prosas.

Hay que mirar hacia adentro

y rescatar los valores,

de una esencia desvirtuada

por el odio y los rencores.

Recordar que la ignorancia

y el átomo de la sapiencia

provienen de un mismo núcleo

que dirige la conciencia.

Andar el camino justo

de esta vida temporal,

y abrir el portón certero:

“El que indica la moral”.

Valores y conciencia,

educación y más educación,

son herramientas vitales

para salvar la población…

Una noche que oscurece

y un amanecer en vía,

son los ciclos de este mundo:

el Dolor y la Alegría. 


Por Ernesto Marrero R.

De mi libro: El Jardín de la existencia

lunes, 1 de febrero de 2021

Remembranzas



¡He visto tanto en este mundo!  

                                  …Y no me canso de ver

He visto crucificar al justo,

aclamar con alabanzas a los barrabases

y al predicador que lee los pasajes de la Biblia

refugiarse en la caverna de Luzbel.

He visto ideologías nefastas encumbrarse,

cerebros de arcilla moldearse con facilidad,

al indigente implorar por un mendrugo

y al inconsciente derrochar el agua en el desierto.

He presenciado la prematura partida

del alma noble, virtuosa, justa

y al indecente perpetuarse en la línea del tiempo

 No lo sé…

 

Mas también he visto titanes

levantarse desde los escombros,

sacudirse el polvo, mirar el firmamento

y proseguir su travesía.

He visto derrumbarse árboles

porque podridas estaban sus raíces

y como renacían los destellos del alba

después de una nublada y gélida noche.

También pude ver un loto deslumbrante

flotar en la espesura de un pantano,

y como el estiércol es utilizado

para fertilizar las débiles tierras

 No lo sé…

 

La vida navega entre vientos blancos y grises,

vientos que arrastran los veleros de la existencia

y entretejen los destinos del hombre

que habita bajo el imperio del sol

 

¡He visto tanto en este mundo!

                                   …Y no me canso de ver 


Por: Ernesto Marrero

De mi poemario: El tiempo y su legado

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Un día sin poema

 



 


Hoy quise escribir un poema

y no pude…

se diluyó por los poros

de la nada eterna

o se detuvo a contemplar al mundo

mientras Cronos lo devoraba,

o tal vez se montó en un avión

o en una balsa

buscando una ilusoria libertad

o se fue a aconsejar algún corrupto

para que tomara el camino

de la virtud,

o a consolar al afligido

-golpeado por la roca del dolor-

o se escondió en mi mente

detrás del muro

de las dudas y los lamentos

         

      ...No lo sé

 

Tal vez se deprimió

en el suburbio de la indiferencia

o se quedó atrapado en las redes

esperando un like o un seguidor

 

Aunque yo creo que se fue

con las metáforas,

las elipsis y los símiles

a beberse mis versos en un bar

y se olvidó de visitarme

 

Mañana intentaré

invitarlo nuevamente

a reunirse con mis letras

y mi inspiración

...Ojalá y se acuerde

de este solitario poeta


Por: Ernesto Marrero

De mi poemario Fragmentos de Impermanencia

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Poema: Enigma

 








¿Cuál es esta fuerza invisible

que a veces me acompaña

y otras veces me abandona?

Fuerza titánica que devora acantilados

y toca la lira del Olimpo.

Fuerza de versos y Campos Elíseos.

Fuerza de espuma serena

que derrota a la gárgola de la aflicción

y me embriaga con el licor de la calma.

Fuerza primigenia que impulsó

mi vida y encauzó mi espíritu.

¿Cuál es esta fuerza

que desde adentro me guía

y me incita a seguir?

 

Espero que no me abandone

cuando los sicarios del dolor

sirvan su banquete de inclemente pólvora,

y me ayude a coser mis heridas

con los hilos de la aceptación y la esperanza,

y así avanzar hacia nuevas alboradas

…donde siempre la estaré esperando


Por: Ernesto Marrero